El próximo 2017 se cumplen 20 años de que se iniciara nuestra compañía de teatro Los Mopeluches, por lo tanto se cumplen 20 años de que inicié mi carrera como titiritera. Durante ese tiempo he aprendido mucho, me he equivocado otro tanto y me he divertido montones. Gracias a mi padre he tenido la oportunidad de pisar muchos escenarios y desarrollar una de mis pasiones más grandes que ahora me trajeran hasta donde estoy ahora… explorando el mundo del cine y la animación cuadro por cuadro.

 

Hace 16 años tuvimos la magnífica experiencia de presentarnos en el Festival Quimera, en Metepec, en el Estado de México. En esa ocasión tuvimos dos funciones, la primera de ellas fue dentro de un teatro cuyo nombre escapa a mi memoria y la segunda de ellas fue en la Escalinata del Calvario. La camioneta había llegado tarde por nosotros, el camino fue un poco tormentoso y para cuando llegamos al teatro teníamos tan sólo 20 minutos para hacer el montaje de nuestro equipo, el cual tomaba un aproximado de 45 minutos. Sin entrar en pánico, el personal del teatro nos ayudó y en 10 minutos, el teatrino estaba armado y estábamos listos y calentando para entrar a función. Después de una excelente función, salimos corriendo para alcanzar a comer y tener la segunda presentación, la cual estuvo llena de gente maravillosa y cálida que nos recibió con el corazón abierto y toda la buena energía.

 

Hasta ese momento, no me había presentado en un escenario tan grande y con tanta gente. Al salir nos pidieron autógrafos, compraron nuestros cassettes, nos hicieron preguntas, se tomaron fotos con nosotros y nos hicieron sentir maravillosamente bien. Cabe mencionar que mi padre tuvo dos programas en Televisión Mexiquense, hace más o menos 30 años. En ellos me presenté por primera vez en televisión y otras historias de ternura que acompañan mi vida. Y esos programas siguieron retransmitiéndose, por lo que mi padre estaba en las televisiones de la gente por varias décadas después de que el programa terminara sus grabaciones. Para la gente que fue a vernos a esas funciones, mi padre era algo tan natural y, que su hija fuera una adolescente algo tan extraño, que al final recibí a mucha gente que me vio nacer y crecer.

 

Dicho festival acaba de celebrar su edición número XXVI y tuvimos el honor de ser invitados y de presentarnos en sus escenarios una vez más. En esta ocasión fue en la Plaza Juárez, unas horas antes que Ely Guerra.

 

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Después de un viaje un poco atropellado, algunos problemas de salud propios y de familia, y la historia de Luca atravesada, llegué a Cuernavaca a preparar el show. Por todo lo anterior, nuestro gran equipo quedó reducido a mi padre y yo. Acordamos las canciones que cantaríamos, acomodamos los muñecos; ensayamos las canciones, buscamos los cables; cenamos y platicamos para dormir y poder estar listos, peinados y con triques a las 10 de la mañana en la Glorieta de la Paloma de la Paz, a donde pasaría la camioneta por nosotros para llevarnos a Metepec. La camioneta llegó más temprano de lo planeado, pudo acercarse hasta la casa, cargamos todo y emprendimos el viaje.

 

Al llegar nos recibieron calurosamente, a mi padre lo trataban de “Maestro”, como sé que se merece, nos dieron un camerino enorme, pues pensaban que seríamos por lo menos 5 personas.

 

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Preparamos nuestras cosas e hicimos un rápido soundcheck.

 

 

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Después de una rápida entrevista, fuimos a comer y regresamos para prepararnos. Tuvimos otra entrevista y llegó el momento de acercarnos al escenario para empezar.

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Hacía tiempo que no me sentía tan nerviosa; no sé si fue la cantidad de energía que le invirtieron a esta edición del festival, el trato que nos dieron, la cantidad de gente que nos acompañó o estar fuera de tablas, pero estaba sumamente nerviosa.

 

Pero el público nos recibió con mucho cariño, la verdad fue una función excelente llena de gente que fue a vernos a nosotros, nos conocieran o no.

 

 

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Por el formato de nuestro espectáculo, normalmente yo nunca estoy a cuadro. Yo soy titiritera y me quedo atrás, manipulando mis muñecos y sin saber a ciencia cierta qué ocurre afuera. Hace tiempo comenzamos a integrar mi canto al show, cada vez un poco más. Me cuesta mucho trabajo no verme torpe, mi canto siempre fue coral o de estudio, nunca de escena. En esta ocasión pude darme cuenta de mis serios problemas de interpretación en escena, pero eso no quitó la magnífica experiencia que vivimos en ese escenario.

 

Entre el público se podían ver mujeres de mi edad y un poco más, cantando todas y cada una de las canciones. Sus hijos de entre los 4 y los 12 años, cantando las canciones junto con nosotros. Sus rostros maravillados con el nuevo material, la emoción de escuchar las canciones clásicas que llevan toda su vida en sus mentes, en sus televisores.

Al final, una mujer se acercó a mi padre y le dijo:

-Maestro, es un honor conocerlo. Mis hijos se saben todas sus canciones, las traigo en el carro y las cantan todos los días cuando vamos a la escuela. Muchas gracias, es un honor conocerlo.

 

Para mí fue impactante ver la grandeza de mi padre, la forma en que se mueve en escena, cómo se comunica con el público y el hecho de que toca vidas de desconocidos con el arte que sale de su cabeza, de sus manos.

 

Una entrevista más y pudimos emprender el regreso a casa. El trato tan magnífico que nos dieron continuó hasta el final.

 

 

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Llegamos a casa agotados y con el corazón llenito. Esa noche fue aquella en la que partió Luca, por lo que toda esta aventura quedó tocada por su partida y hasta ahora pude sentarme a contarles esto.

 

Estoy muy agradecida de tener el padre que tengo, tan grande y talentoso; de haber crecido entre escenarios, camerinos, cámaras y micrófonos; con gente loca y artista que me enseñó tanto, tanto que no se imaginan, que me ha servido en las circunstancias más insospechadas. También estoy agradecida con mi madre, que me apoyó sin importar lo que pasara o lo que le dijera que quería hacer. Que me enseñó a tejer y a coser y me presta sus reglas de corte para hacer mis disfraces o su máquina de coser para hacer mis vestidos, inventados.

 

Agradezco también haber conocido a la gente que he conocido, que me ha invitado nuevamente a pisar escenarios, que los ha compartido conmigo; a quienes me enseñaron a hacer iluminación o me invitaron a hacerla. Agradezco infinitamente que hoy puedo decirme titiritera, así, con todas sus letras. Agradezco a los que me leen y me comparten y con esto les obsequio un pedazo de mi corazón a todos los que me hacen posible.

Las pérdidas, son tantas y tan distintas. Algunas no tienen nombre. A cada quien le pegan diferente. No se pueden comparar unas con otras no son cuantificables.

 

Sabemos que la vida no es para siempre y algunos compañeros se nos escapan más rápido de lo que quisiéramos. Hoy partió una compañera de vida que me llenó de regalos y sabiduría. Detrás de ella quedó un abismo indescriptible, un llanto inconsolable que a ratos me ahogaba.

 

No hay palabras para describir lo que se siente perder a un compañero canino. No hay palabras nunca para describir una pérdida, de ningún tipo.

 

Como escritora, quisiera hacerle justicia y trato de plasmar el amor que nos tuvimos, aún me cuesta trabajo. Hoy extrañé sus ladridos, sus caballazos en la puerta para entrar a dormir conmigo; extrañe sus uñas subiendo la escalera y su escandalo al tomar agua, al rascarse; me hizo falta el temblor en la cama cuando se sacudía las orejas a media noche, ese temblor al que me acostumbré hace tanto tiempo.

 

Hoy me hizo falta mi Luca, mi caballa güera de ojitos buenos y corazón enorme. Me hicieron falta sus cariños encimosos y su cabeza apoyándose fuertemente sobre mi. No habrá día en que no extrañe acariciar su piel envejecida, colgando en la papada, su mirada exigente a la hora de comer; extrañaré también su insistencia inocente cuando de chocolate se trataba, su eterno amor que quedará en mi corazón para siempre.

 

Se llena uno de lugares comunes, porque no hay palabras para describir esto, no alcanzan, no hacen justicia.

 

Ella se fue en paz, en su casa, que era de ella antes que de nadie más. Se fue en paz, pudo despedirse de nosotros; esperó hasta que pudiera verla, a que estuviéramos todos en casa y le regaló su último aliento a papá, con quien se había jurado amor eterno.

 

Hoy le dedico las palabras que puedo, las que me salen. Sé que está bien, en un lugar donde ya nada duele y en donde nos esperará paciente para recibirnos con sus caballazos. Aquí la extrañaremos y honraremos su memoria por siempre.

 

Hasta pronto, mi amada compañera Luca.

 

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Me queda claro que el lugar donde sucedieron cosas importantes no es esas cosas importantes. Antes de entrar en uno de esos trances crípticos, me explicaré.

El sábado desperté con la certeza de cerrar un ciclo, de los muchos que tengo que cerrar, y decidí ir a comer al lugar de sushi que habita lo que antes fuera el Conejo Blanco.
Y es que el viernes había terminado de tomar una decisión, de esas que lo cambian todo, lo ponen a uno de cabeza y remueven todas las emociones.
También tenía la certeza de que era un cierre que tenía que hacer acompañada, por lo que fui con la única persona que estaba en la misma ciudad y que sabía exactamente lo que eso significaba: Jorge.
Llegamos a Gutemberg 8 y unos pasos antes comencé a sentir mi corazón agitarse y cruce la puerta azul nuevamente; esta vez se sintió distinto.
Me recibieron unas paredes claras y unas escaleras impecables, que el Conejo dejó de tener en sus últimas semanas. Al llegar a la cima pude ver todo lo que había cambiado: no había gradas, ni baño en la parte de arriba; los camerinos eran una mezcla entre cuarto para empleados y cocina… el espejo seguía ahí; la bodega seguía siendo bodega; el espacio donde inflé un colchón que se negaba a permanecer inflado era completamente la cocina; los baños, baños y el escenario seguía ahí. En el techo quedaban algunos de los tubos donde trepáramos como changos para colocar las luces de teatro.
Subí más escaleras, otras que barriera y trapeara tantas veces. En el departamento donde empacara millones de calcetines sin pareja, estaba ahora una tienda de cosas ñoñas donde me compré unos aretes de troopers. El lugar se sentía distinto, más pequeño, limpio. La chica que esperaba atenta en el mostrador nos miraba extrañada. Le explicábamos que estábamos volviendo por primera vez desde que nos despedimos de ese lugar, que antes era un teatro, que era de nuestros amigos, que vivimos muchas cosas ahí.
Tomamos una mesa en proscenio, miramos a nuestro alrededor; el escenario aún tenía pequeños pedazos de gaffer, algunos de los cuales yo pegué en su momento. Entre los millones de agujeros de tornillos pude reconocer aquellos que alguna vez llené de cera en un rato de ocio. También reconocí ese fragmento donde lloviera para nuestro comercial y cuya madera se hinchara por el agua que se colaba sin misericordia del contenedor que no estaba diseñado para eso.
Ese escenario donde lo viví todo ahora sostenía mesas. En la cabina estaba una tele con videos musicales japoneses. En los vitroblocks quedaba la huella de la cinta canela usada para pegar el cartoncillo negro que oscurecía el teatro. En el balcón había plantas, otras plantas que regaban otras personas. Unas paredes blancas que reflejaban toda la luz que nunca se reflejó en el Conejo, nos rodeaban y acompañaban de una forma que no lo habían hecho antes.
Era exactamente el mismo espacio, tan nuestro, tan ajeno. Recordaba lo mucho que extrañaba la orilla del escenario para descansar la espalda. Y donde comí muchas veces, comía de nuevo, diferente.
Lo que ahí pasó sigue en nosotros, en nuestros corazones. El espacio no define eso, pero sí guarda nuestra energía que probablemente se irá deslavando entre los otakus.
Ya lo dije antes, yo llegué tarde a esa historia, pero la hice tan mía como podía serlo.
Cuando nos íbamos sentí el impulso de despedirme del escenario como lo hice desde la primera vez que lo pisé, un 17 de diciembre, y todas las veces que le siguieron. No lo hice… En su lugar dejé una propina para la amable mesera que nos atendió y salimos de ahí, como tantas y tantas veces, pero diferente.

 

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Hace un año, justamente, estábamos terminando de empacar al Conejo Blanco. Ahí estábamos, sentados y completamente agotados; tomábamos vino y compartíamos con una mujer que sin saber exactamente por qué, estaba acompañandonos en el proceso. Durante los días pasados habíamos optado por hacer cosas que nunca nos imaginamos hacer dentro de un teatro. Yo decidí poder fumar libremente mientras empacaba; dar marometas como lo hacía en el teatro del Cedart; cantar una canción sin prepararla ni ensayarla ni nada, así solamente porque tenía que ver; lanzar burbujas con un maravilloso artefacto en forma de saxofón; sacar mi frustración golpeando las paredes con un atado de hule espuma; serruchar los brazos de una silla, en pleno escenario, para poder sentarme cómodamente en ella, antes de tirarla a la basura y muchas, muchas otras cosas más.

 

Como lo dije antes, yo llegué tarde a esa historia, pero la hice mía, tan mía como la de otros. El Conejo Blanco me vio dormir, llorar y reír, me vio sangrar, quejarme y triunfar; me vio gritar, carcajearme hasta las lágrimas y susurrar, me vio aprender, equivocarme y desmoronarme; me vio descubrirme, esconderme y re-descubrirme; me vio quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

 

Así que hace algunos días, los recuerdos se han agolpado fuertemente, haciéndome vibrar con lo que fuimos, con los que fuimos. Al mismo tiempo, una semilla sembrada en ese lugar ha germinado para mí, llevándome exactamente a donde tengo que estar. En toda esa marejada de emociones, el recuerdo palpitante del aniversario me sigue despacito, recordándome precisamente, quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

 

Un día, hace un par de meses, soñé que volvía y sus paredes eran naranjas. Al día siguiente me vi a mí misma, recortando camino y llegando justo a su esquina: Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero. Ahí estaba; en su balcón desconocí nuestras historias y a través de sus ventanas pude esbozar unas paredes naranjas. Algunas semanas después, pasé por enfrente, tratando de permanecer calmada y en la búsqueda de la renta de una botarga para una obra de teatro. En la puerta, abierta, se encontraba un anuncio de un nuevo restaurante. Me detuve, regresé un par de pasos, miré las escaleras, de un amarillo anaranjado que llevaban a un lugar que antes fuera negro. No pude avanzar.

 

Hoy, el anuncio de visítanos en Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero, justo atravesando este aniversario, me tiene desconcertada. Son ciclos, claros como el agua; nada es un misterio y yo sigo preguntándome si debo permanecer tranquila, desmoronarme aunque sea un poco, soltar algunas lágrimas o hacer como que está bien que el Conejo Blanco ahora sea un restaurante de sushi…

 

Sigo alimentándome de aquellas cosas que me dejara la madre coneja, sigo creciendo con lo que descubrí en ese lugar, como me descubrí en ese lugar. Hoy avanzo rápidamente hacia lo que amo, agradeciendo a la madre coneja por haberme dado la vida. Y la extraño, extraño Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero.

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Atendimos al funeral de un edificio, con marcha fúnebre incluida. Un edificio color durazno que naciera de un grupo de mentes locas; la primera que lo compartió con la segunda, la tercera y la cuarta. Lloramos su muerte y agradecimos su sacrificio para que se convirtiera en un escritorio y luego en una caja, justo como comenzó.

 

Fue el primer funeral de nosotros, hubiéramos querido que fuera el último. Tres meses después nos encontramos en el segundo, un funeral con frutas; pequeñas mandarinas recolectadas del jardín de nuestra madriguera. Era el funeral de una abeja que cayera al interior de nuestra locura, cuando nos quedamos atrapados, tal cual como decía la canción, como conejos contemplando la lluvia caer; y sí nos divertíamos.

 

El tercero, el más doloroso, cuando tuvimos que despedirnos de la madre coneja. Yo llegué tarde a esa historia, pero significó mucho más de lo que las palabras pueden describir y su partida me dejó un enorme agujero en el alma; un agujero tan grande que aún no he podido enmendar. Con ese funeral se rompieron muchas cosas, muchas más de las que las palabras pueden describir.

 

El cuarto, resultado del tercero, nos llevó a tratar de enmendar las roturas y las ausencias con la imperiosa necesidad de permanecer juntos, buscando el pegamento a como diera lugar. Logramos aguantar medio año, con los recortitos de lo que fuéramos cuando naciera ciudad cartón.

 

El quinto, el más reciente, no tuvo frutas, ni flores; ni marcha fúnebre, ni palabras; no tuvo una despedida y fue un funeral que se escondiera detrás de otros problemas, de otros logros. Nos costó mucho trabajo reponernos y no creo que hayamos recuperado lo que se perdió entre tanta muerte simbólica.

 

Hoy llueve, llueve fuerte; llueve y duele. Cada uno de nosotros partió hacia el camino que lo llamó más enérgicamente; esos caminos tan distintos, tan lejanos, aún conservan un pedacito de nosotros, de lo que fuimos. Nos extraño. Los desayunos poco convencionales resultado de nuestro significado de ser adultos. Los tacos de queso con aguacate y la crema de avellanas; los desvelos y las incontables risas; los títeres que fueran la constante, la clavadez que nos identificara; todas esas cosas que nos hicieron tan nosotros y que hoy hacen falta entre tanta lluvia y chicharras, tan lejos de la madriguera. Hoy sólo llueve.

 

Entré a estudiar el diplomado de creación literaria de la SOGEM, una decisión que había postergado por años con pretextos que ahora parecen de lo más estúpidos. El año pasado dejé ir una oportunidad hasta que algo me llamó con mucha fuerza y finalmente empecé este año con una nueva aventura.

 

Justo ahora estamos en la mitad del semestre, el primero para mi. Estamos por terminar tres clases, literatura infantil, autobiografía y novela. De todas esas, la que más me emocionaba era la de novela, pues era la oportunidad perfecta para abordar de nuevo un proyecto que llevaba manipulando por años. Aunque no avancé tanto como me hubiera gustado, aprendí mucho y me di cuenta de que lo que tengo funciona y puedo llevarlo a ser lo que siempre soñé.

 

Autobiografía ha sido un descubrimiento de gramática, sintaxis y estilos maravillosos que le han dado un toque diferente a las historias que siempre comparto. Hemos estudiado las autobiografías de los autores latinoamericanos que han ganado un premio Nobel de literatura y aprendiendo de los grandes uno crece a pasos agigantados. Creo que es la clase en la que mejor me he desarrollado, ya lo dirá el tiempo.

 

Pero literatura infantil ha sido el mayor reto para mi. A lo largo del curso fui escribiendo historias que de alguna manera, evocaban lo que había leído alrededor de mis ocho años. Pero a esas historias siempre les falta algo, acción, aventura, algo. Descubrí que soy buena para crear ambientes y las descripciones que hago pueden ser muy bellas. Creo que tengo potencial pero en ese sentido aún me falta un largo camino por recorrer.

 

Hoy, por ejemplo, tuve una revelación fantástica. Tengo una hermana de tres años que además de ser simpática y maravillosa, inventa historias increíbles. Su imaginario es delicioso y cargado de universos tan fantásticos que no pude evitar usar su mente para destapar la mía, empolvada por la adultez. Así que juntas trabajamos en un libro de una historia que ella creó hace ya tiempo.

 

El reto era más que eso, teníamos que crear la maqueta de un libro álbum, un libro que tiene mucho peso en las ilustraciones, las cuales complementan lo que dice con las letras. Pasé siete años estudiando en una escuela de arte, aprendí técnicas diferentes de dibujo, pintura, tallado, perspectivas y proporciones, uf, muchas cosas más. Pero no es lo mismo saber manejar los materiales que tener talento. Todavía hace unos días encontré mis cuadernos de dibujo y pude ver que mi talento para las artes plásticas es casi nulo.

 

Nuestro maestro se dedica a escribir libros para niños. Además, él ilustra sus historias, lo que le da muchas ventajas al momento de llevar a cabo sus ideas. Desde hace varios años me volví fanática del trabajo de Oliver Jeffers, él también ilustra sus historias y tiene un estilo que me atrapa. Así que para ellos, concebir una historia que nace a la par entre letras y dibujos es algo natural, pero para quienes carecemos de esa capacidad puede ser un poco difícil.

 

Y es que sí puedo imaginarme lo que quiero que aparezca en las ilustraciones, si cierro los ojos puedo ver claramente la historia gráfica, pero mis manos no son capaces de traducir lo que hay en mi mente, a pesar de tanta técnica aprendida a lo largo de esos años. El maestro dijo que lo intentáramos, aunque fuera con muñecos de palitos. No tuve más remedio que ponerme a trabajar.

 

Después de una breve asesoría con mi padre, quien también tiene buen talento para dibujar, me aventuré a crear la historia y a tratar de dibujar lo que aparecía en mi mente. Con el apoyo visual de los grandes y un poco de investigación en internet logré hacer mi maqueta que entregaré el lunes para ver si tengo futuro en esto de la literatura infantil. Supongo que será algo parecido a la intención es lo que cuenta, como la idea es lo que cuenta. A final de cuentas, el día que publique mis libros infantiles me juntaré con un buen ilustrador que pueda llevar a cabo las locuras que ocurren en mi cabeza, o quizá sean suficientes las locuras de la suya.

 

Recientemente comenzamos con la clase de filosofía en la literatura, una clase pesada y a la vez divertida que todavía no sé hacia dónde nos va a llevar. He hecho nuevos amigos con los cuales compartir esa pasión por las letras. Es curioso pues es lo que nos une en un inicio y poco a poco nos vamos conociendo para descubrir otras cosas que tenemos en común, como con quienes comparto la Ciencia Ficción o el humor tan particular que me caracteriza.

 

Me he divertido bastante, he aprendido más de lo que me imaginé podía aprender en tan poco tiempo y he mejorado mi forma de escribir y de concebir mis historias. No podría estar más contenta. Creo que es de esas mágicas veces en que tengo la absoluta certeza de estar haciendo lo correcto y me encanta. Así que estaré compartiendo muchas más cosas y seguiré creciendo durante los siguientes tres semestres (mas lo que le queda a este).

Cuando empezó este año no tenía ni la más mínima idea de lo que pasaría conmigo. Y a lo largo de los 12 meses que están a punto de cumplirse, he seguido asombrándome y compartiendo cada una de las experiencias que la vida me ha invitado a vivir.

Un día como hoy pero de 2014, una comida navideña para profesores y una tarjeta de regalo válida para consumir café, me llevaron a abrir las puertas de un lugar mágico que a partir de ese momento, cambiaría mi vida por completo.

En Gutemberg 8 me esperaba un grupo de locos como yo, que había estado buscando sin saberlo y que me acompañarían, cada uno a su tiempo, enseñándome y abriendo las puertas de sus casas y corazones para convertirse en lo que Rebecca denominó “amigores”.

Primero fue el club nocturno de impro, vino un cumpleaños con Ping Pong y alberca, una certificación como maestra de inglés, trabajo que dejé empezando febrero, una obra de teatro a la que llegara como público y en la que me quedara como muchas cosas. Las sesiones de rol nacieron, un cortometraje, un enorme y agotador proyecto para un comercial, más teatro, una fiesta caótica, otro poco de teatro, cine, mucho cine, música, títeres.

Cambios, una oficina, cambio de trabajo, un cumpleaños, una mascota que partió a una mejor vida, otro cumpleaños, mi máquina de escribir, una despedida, 31 minutos, una mudanza que se convirtiera en dos, tres, cuatro… perdimos la cuenta. Un viaje colectivo lleno de magia y limpieza. Otro cambio de trabajo. Más títeres, otra despedida, y otra y otras dos, todos los títeres. Mucho más teatro, canto.

Dos amigas que volvieron a sus tierras, un amigo que se fuera aquí cerquita y otro más bien lejos, la familia que se fue a perseguir una vida mejor, la que se quedó y está por crecer, los hermanos elegidos aquí. Risas, llantos, reencuentros, aprendizaje. Un año en el que aprendí de fotografía, cine, títeres, teatro, iluminación, humildad. Aprendí a reconocer mis talentos y me reconocí como lo que no imaginaba.

Y aquí estoy, agotada y feliz, agradecida con la vida por haberme llevado a las puertas del Conejo Blanco, un hecho que cambió mi vida por completo, un lugar y sus habitantes a los que les debo tanto y las palabras no alcanzan para agradecerles lo mucho que hicieron por mi.

Hace unos días mi hermanita Andrea reflexionaba sobre ese momento, ese día en que tu vida cambia y cómo el día anterior era un día común y corriente. Y sí, porque un día como ayer, mi vida era otra, común y corriente con días iguales llenos de café y donde mis pasiones y emociones no estaban tan vivas como cuando pisé el escenario del teatro al que le debo este año tan maravilloso.

A lo mejor me paso de cursi, quizá es la nostalgia que las épocas friolentas me provocan, pero no puedo estar más que agradecida y sentirme bendecida por todo lo que he podido hacer en tan solo 12 meses. Gracias a todos y cada uno de los que participaron en el que puedo decir ha sido el mejor año de mi vida. Así, treintona, sigo saltando feliz por la vida, ansiosa de saber lo que me depara para el año que viene.

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