Cuando empezó este año no tenía ni la más mínima idea de lo que pasaría conmigo. Y a lo largo de los 12 meses que están a punto de cumplirse, he seguido asombrándome y compartiendo cada una de las experiencias que la vida me ha invitado a vivir.

Un día como hoy pero de 2014, una comida navideña para profesores y una tarjeta de regalo válida para consumir café, me llevaron a abrir las puertas de un lugar mágico que a partir de ese momento, cambiaría mi vida por completo.

En Gutemberg 8 me esperaba un grupo de locos como yo, que había estado buscando sin saberlo y que me acompañarían, cada uno a su tiempo, enseñándome y abriendo las puertas de sus casas y corazones para convertirse en lo que Rebecca denominó “amigores”.

Primero fue el club nocturno de impro, vino un cumpleaños con Ping Pong y alberca, una certificación como maestra de inglés, trabajo que dejé empezando febrero, una obra de teatro a la que llegara como público y en la que me quedara como muchas cosas. Las sesiones de rol nacieron, un cortometraje, un enorme y agotador proyecto para un comercial, más teatro, una fiesta caótica, otro poco de teatro, cine, mucho cine, música, títeres.

Cambios, una oficina, cambio de trabajo, un cumpleaños, una mascota que partió a una mejor vida, otro cumpleaños, mi máquina de escribir, una despedida, 31 minutos, una mudanza que se convirtiera en dos, tres, cuatro… perdimos la cuenta. Un viaje colectivo lleno de magia y limpieza. Otro cambio de trabajo. Más títeres, otra despedida, y otra y otras dos, todos los títeres. Mucho más teatro, canto.

Dos amigas que volvieron a sus tierras, un amigo que se fuera aquí cerquita y otro más bien lejos, la familia que se fue a perseguir una vida mejor, la que se quedó y está por crecer, los hermanos elegidos aquí. Risas, llantos, reencuentros, aprendizaje. Un año en el que aprendí de fotografía, cine, títeres, teatro, iluminación, humildad. Aprendí a reconocer mis talentos y me reconocí como lo que no imaginaba.

Y aquí estoy, agotada y feliz, agradecida con la vida por haberme llevado a las puertas del Conejo Blanco, un hecho que cambió mi vida por completo, un lugar y sus habitantes a los que les debo tanto y las palabras no alcanzan para agradecerles lo mucho que hicieron por mi.

Hace unos días mi hermanita Andrea reflexionaba sobre ese momento, ese día en que tu vida cambia y cómo el día anterior era un día común y corriente. Y sí, porque un día como ayer, mi vida era otra, común y corriente con días iguales llenos de café y donde mis pasiones y emociones no estaban tan vivas como cuando pisé el escenario del teatro al que le debo este año tan maravilloso.

A lo mejor me paso de cursi, quizá es la nostalgia que las épocas friolentas me provocan, pero no puedo estar más que agradecida y sentirme bendecida por todo lo que he podido hacer en tan solo 12 meses. Gracias a todos y cada uno de los que participaron en el que puedo decir ha sido el mejor año de mi vida. Así, treintona, sigo saltando feliz por la vida, ansiosa de saber lo que me depara para el año que viene.

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La verdad mentiría si les dijera lo que sentí cuando conocí a mi primer hermano, el primer afortunado que cambiara mi título de hija única a hermana mayor. Tenía 1 año y 3 meses, las fotos parecen indicar que no me pareció tan gracioso el asunto, pero sí recuerdo que con el tiempo, me preocupé por él, lo emborraché con medicina para que no se enfermara, se convirtió en mi cómplice, compañero, actor y mejor amigo.

Recuerdo perfectamente cuando llegó el siguiente, yo tenía 13 años, habíamos llegado temprano al hospital y su nacimiento tomó más tiempo del que esperábamos, así que estábamos comiendo cuando por fin decidió acompañarnos. Lo amé al instante, lo cargué, cuidé, alimenté, bañé, todo lo que uno tiene que hacer con un bebé. De las primeras cosas que dije es que ya quería verlo caminar, me decían “falta mucho” y está por cumplir 17 años.

Vino en el inter mi sobrina, me tardé unos días en poder cargarla, olerla, abrazarla. También la cuidé, la alimenté, le cambié pañales y toda la cosa. Tenía 22 años cuando llegó, he tenido la fortuna de verla crecer, de enseñarle, de jugar con ella y de admirarla. Cuando la cargué por primera vez, no podía creer que ese pequeño que me hiciera hermana mayor ahora me hiciera tía.

Después llegó mi hermana, tan esperada, esa que siempre quise para tener alguien con quién compartir vestidos y chismear de los novios. Claro que la vida me la trajo un poco más tarde de lo que yo hubiera querido y a mis 27 años, no pude estar presente en su nacimiento. Pero le entregué el cetro de la nena de papá, y ahí anda de un lado al otro con papá, así como yo cuando tenía su edad. La cargué, la cuidé, alimenté, cambié pañales, he jugado con ella y creo que sólo me faltó bañarla, pero todavía hay tiempo para eso. Cuando la vi por primera vez, me derretí completamente.

Y ayer, ayer llegó mi hermano nuevo. Si bien estuve en el hospital cuando nació, no me tocó conocerlo hasta hoy. Es tan pequeño y suavecito. Una vez más me enamoré. Ya lo cargué, ya ayudé a cambiar un pañal, ya lo olí. Tiene una voz tan suave y su llanto no es llanto sino un canto tan hermoso.  Una de las cosas que más me encantan es ver a su hermana mayor derretida, feliz, contemplándolo igual que todos, cuidándolo y compartiendo con él cada una de sus aventuras, sí, en las pocas horas que lleva en casa su vínculo es increíble, platica con él igual que como cuando estaba en la barriga de mamá.

A todos, a todos ellos los contemplé por horas cuando eran bebés. Me he enamorado de cada uno de ellos, recuerdo a la perfección su olor, lo guardo en un rincón muy especial en mi memoria. Y así, soy una hermana mayor orgullosa, feliz, me encanta y a la vez me aterra ser la mayor de toda ésta tropa, pero lo amo. Amo a todos mis hermanos, a todos por igual. Son pequeños regalos de la vida que hacen que mi familia y mi corazón crezcan y me enseñan tantas y tantas cosas que no podría aprender de otra forma mas que siendo hermana mayor.

 

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Los días y las noches se han vuelto el objeto de un proyecto en común. Si bien aún no tenemos claro exactamente hacia donde queremos dirigirnos, sabemos con toda certeza que queremos que eso sea juntos, a donde quiera que nos lleve la vida o la marea.

Después de más de un mes de vivir juntos, nos queda más que claro que no sólo podemos, sino que queremos hacerlo. Surgen a momentos pequeñas ideas que van creciendo y así, vamos conformando nuestro hogar, sea cual sea y donde quiera que este se vaya a encontrar.

Ideas sueltas que van tomando forma y en ocasiones se agolpan sin dejarnos tiempo ni para anotarlas. Bendita sea la tecnología que nos permite grabar esas ideas de tantas formas, con la esperanza de algún día realizarlas.

Y las ideas no sólo son muchas, sino que vienen en distintas formas y colores. Poco a poco se van nombrando proyectos laborales, por diversión, conceptos y muebles para la que algún día será nuestra casa. Hay tanto por delante y la ansias de comenzar ese después se van agolpando sin dejarnos tiempo para nada más.

Quedan algunas cosas por hacer, principalmente a nivel interno. Algunos perdones que otorgar, a nosotros mismos y a los que ya no están. Aprendimos este año que los límites los ponemos nosotros, que nos toca definir lo que significa ser adultos y que tenemos mucho por crear, por ser, por invocar.

Combinamos las disciplinas que nos han traído hasta acá, juntos somos un perfecto complemento que no sólo funciona de maravilla, sino que permite que otros también colaboren. No cerramos las puertas a nadie, a nada.

Si alguien me hubiera dicho que este sería mi destino, probablemente no lo hubiera creído, pero tampoco hubiera creído todo lo que me pasó este año.

Han pasado tantas cosas, he hecho tanto, hemos hecho tanto. La vida no se detiene y nosotros tampoco, junto con el ímpetu que reunimos entre los tres y con la idea de seguir viajando por la vida y por el mundo, creando, siendo, riendo.

Aquí seguimos y así seguiremos, juntos, porque podemos hacer lo que queramos y no vamos a permitir que nadie nos diga lo contrario.

Resulta más que difícil tratar de reflejar todo lo que me ha pasado este año, aunque lo he intentado, la vida me ha rebasado. La buena noticia es que estoy muy bien, han ocurrido muchos cambios, donde todos y cada uno de ellos ha sido para bien.

Comencé el año haciendo teatro, dejando un poco de lado la parte docente que no estaba dando los frutos que necesitaba en ese momento. El teatro, el Conejo, fueron hogares mágicos donde reviví muchas partes de mí que había dejado enterradas hacía tiempo. Aprendí mucho y no he dejado de hacerlo, mi experiencia con las luces, la iluminación, no se ha detenido y he debido hacerme responsable de otros proyectos que las han involucrado.

Vino entonces nuestro primer comercial, donde continué aprendiendo y descubriendo que mis padres, mis maestros y la vida me han enseñado muchísimas más cosas de las que creí, que fueron útiles en todo momento. Creamos así un equipo increíble de producción, con lenguajes en común, lecturas de mentes y comidas autistas.

Aprendí a escribir un Haiku, gracias a mi hermana Oso que despertó esa cosquillita de comprimir todo lo que digo en 5-7-5. Han nacido varios desde entonces.

Me integré al Conejo Blanco, donde ahora tengo un escritorio que me recibe todas las mañanas y donde no tengo que hacer nada mas que ser yo, con todas mis virtudes, talentos, aprendizajes y por supuesto, la necesidad imperiosa de seguir creciendo y aprendiendo para ser la mejor versión de mí cada día.

Lo más grandioso de toda esta historia es que ahora cuento con un grupo de amigos increíble, con el que trabajar significa un sinfín de cosas maravillosas. Tengo una familia creativa con los que río, lloro, paso noches en vela, escribo, invento, me divierto. La conclusión es esa, me divierto.

Hemos vivido muchas aventuras, desde el SeñorCorteAComer, los tacos de aguacate con queso oaxaca, las risas en la parisina mientras huíamos de la diamantina, Enrique Iglesias vs Dave Grohl, la tabla con dimmers, una increíble obra de teatro, discusiones divertidas y profundas respecto al arte, una fiesta de cumpleaños de disfraces con stickers que nos persiguieron y ahora son parte de una guerra silenciosa, una fiesta de XV años para festejar mis XXX, grabar castings, videos de ensayo, un festival escolar, editar un video, hacer el render, hacer el ISO y quemar muchos DVD’s en mucho más tiempo del que pensamos nos iba a tomar, memes, tatuajes, juntas, ranas en los jardines y una lagartija que perdió la cola y nos asustó al abandonarla en nuestra oficina, todavía moviéndose.

Las aventuras son muchas, cada una merece su espacio en el recuerdo y un texto más profundo, pero hoy quiero agradecer a Juan, Citlal y Alejandro por regalarme su compañía, talento, ayuda para pensar y sobre todo, mucha risa.

Los quiero.

Mientras descubro uno a uno los moretones y cortaduras en mi cuerpo, me voy dando cuenta de lo que fui sobrellevando sin darme cuenta a lo largo de casi dos semanas.

La empresa sonaba sencilla: Construir 7 sets para grabar 14 escenas que formarían un comercial de aproximadamente 30 segundos para promocionar el Centro de Lenguas de Fundación UNAM Morelos. Teníamos 4 días para compras y construcción y 2 días de filmación, parecía muy alcanzable.

Conforme fueron pasando los días y la construcción no parecía avanzar al paso al que deseábamos, el plan fue cambiando y el tiempo se fue extendiendo ante nuestras manos, nuestros ojos, ante la edificación de un proyecto que nos emocionaba quizá tanto como nos asustaba.

Aprendimos que todo lo que sabíamos respecto a la perspectiva estaba mal, descubrimos que nuestras habilidades, todas ellas, se conjugaban en un solo proyecto, nos conocimos, nos reímos y hasta lloramos juntos.

En lo personal, puedo afirmar que todo lo que había aprendido hasta ese momento, había sido una preparación para llegar a este proyecto. Que todo lo que había hecho me había enseñado algo que me iba a servir. Recordé mi infancia, durmiendo detrás de un amplificador o viendo como mi padre construía un enorme barco de papel. Regresé al Cedart, con todas y cada una de las clases que me dejaron una pequeña enseñanza para aplicar. Dar clases, el call center, todo, TODO.

11 días en los que vivimos, respiramos y soñamos el proyecto. Noches en vela, pocas horas de sueño, fatiga y heridas que nos acompañaron a cada momento. Si bien teníamos la imperiosa necesidad de terminar (por una parte por un deadline y por otra por orgullo), todos disfrutamos cada segundo de este encierro casi poético en el que nos metimos por voluntad propia.

A lo largo del proceso nos acompañaron mágicos amigos que aportaron sus conocimientos y nos regalaron su presencia para hacer esto posible. A dos semanas de haber comenzado, seguimos aquí, los tres mosqueteros, en una necesidad de seguir juntos, alejándonos de una realidad hostil.

Porque cuando tuvimos que regresar a la vida cotidiana, resultó ser un lugar sin sentido, con horarios que no comprendemos, donde las necesidades de los demás se alejan tanto de las nuestras. Cuando llegó el momento de convivir con otros seres humanos que no habían estado en el proceso, notamos que vibrábamos en una frecuencia diferente y que nuestro búnker seguía siendo el mejor lugar de planeta para funcionar.

Dentro de todo este proceso, descubrí lo que era realmente trabajar con dos magos maravillosos que me han enseñado tanto de tantas cosas, tanto de mí misma. Me dejaron entrar de lleno a su mundo, jugar con sus juguetes, aportar, crear, hacer magia. La vida lo pone a uno donde tiene que estar, con quien tiene que estar.

Supongo que no podemos quedarnos para siempre en el encierro y que tendremos que aprender a lidiar con la vida afuera, la vida real. También supongo que siempre que lo necesitemos podremos buscar un rincón para regresar a esa calma, esa lejanía de aquella realidad que no nos comprende.

Chained

Cuando tenía unos 15 años (hace básicamente 15 años), me sabía de memoria los teléfonos de todos mis amigos. Tenía además una bonita agenda tamaño tarjeta de presentación, magnética, donde les pedía a todos que anotaran, con su propia letra, su teléfono. Aunque esa todavía existe, la conservo más por el valor sentimental que por los datos, que hace ya varios años dejaron de ser correctos.

En esa época no usábamos celulares, cuando quedábamos de vernos simplemente teníamos que confiar en que el otro llegaría y había cierto tiempo en el cual podíamos esperar antes de dar por abortada la misión. Si ibas tarde, la angustia te recorría durante todo tu trayecto sabiendo que no había forma de avisarle al otro. A veces, cuando te quedabas de ver en casa de alguien, podías marcar, pero si era en la calle, ni modo, o te esperaban o se iban.

Eran otros tiempos (aunque suene como discurso de abuelita), pero la verdad es que había un contrato social al momento de hacer una cita. Había quienes siempre llegaban tarde y uno se acostumbraba a ello, sabiendo que debía esperar más de lo que la cortesía dictaba. También estaban quienes nunca fallaban y la presión terrible de no quedar mal estaba del lado de uno.

Así pues, poco a poco nos fuimos haciendo de estos maravillosos teléfonos portátiles, conforme todos íbamos teniendo uno, las citas se volvieron más informales, llegando al punto en que uno puede cancelar exactamente a la hora de la reunión con un simple mensaje. Además, se vuelve uno adicto a estar comunicado, con la llegada de los teléfonos inteligentes, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea nos hacen, de alguna forma, la vida un poco más fácil. A la vez, yo creo que nos han ido quitando esos contratos sociales que formábamos al hacer una cita.

Tenemos la necesidad de estar en absoluto control y contacto con toda la gente que nos rodea, o por lo menos con los más importantes. En casa, la comunicación vía celular es una parte esencial del funcionamiento de nuestro hogar, pues somos muchos y es una casa grande. Incluso cuando estamos todos, no siempre estamos en la misma habitación y un mensaje para dar de comer a las perritas o acerca de la organización en la cena puede ser una excelente solución para todos.

Entonces, pasa que estamos pegados a esas cochinadas 24/7, ya no podemos estar sin nuestros teléfonos “inteligentes” y dejamos de convivir en el mundo real por estar en la virtualidad de la comunicación, que si bien es una excelente herramienta, nos va deshumanizando de a poco (o de a mucho).

Así, el día de hoy me encuentro alejada de mi teléfono, de ese bendito aparato al que he estado pegada desde hace ya unos 3 años más o menos. La aventura tiene su gracia, todo comenzó cuando creí perderlo minutos antes de empezar la función y todo mundo se preocupó por él. Apareció para finalmente quedarse en el automóvil de un amigo después de la reunión de cierre de temporada. Cayó en silencio de mi bolsa y me di cuenta cuando era demasiado tarde, además de que por regla general está en silencio o vibración. Al mismo tiempo, dicho amigo dejó el cargador de su computadora en mi casa. Esto podría no ser tan grave, de no ser porque la forma que tenemos de comunicarnos es a través, precisamente, de las redes sociales, y las herramientas que cada uno usa, las tenía el otro.

Por si esto fuera poco, tenía que coordinar la recepción y entrega de dos bellos gatos, sin tener los teléfonos de los involucrados. Me di cuenta que no me sé casi ningún número de teléfono, que si recuerdo el mío es porque vamos, uno tiene que saberlo. Creo que el de mis padres está en mi memoria porque se parecen (los teléfonos, no mi madre y mi padre) y porque en algún momento, cuando no tenía celular, me hice a la tarea de aprenderlos.

En un intento desesperado de comunicación, rescaté una Blackberry viejita que estaba guardada en un cajón, sin pila, desconfigurada y con los rastros de todas las relaciones que vio pasar el dichoso aparato. Borré todo y al final salió peor, ahora tengo un bonito despertador donde puedo jugar sudoku e ingresar a las versiones más austeras de las páginas de internet, sin poder descargar aplicaciones y donde además, no puedo recibir llamadas ni mensajes…

Supongo que es una forma de despertar, una más que se suma a la larga lista de los cambios que he estado haciendo en mi vida. Si no estoy dispuesta a ser esclava de nadie, ¿por qué ser esclava de la tecnología? o de mi propio celular.

Me dedico a escribir contenidos para internet, de eso me gano la vida. No puedo aislarme completamente ni borrar mi cuenta de Facebook, eso sería hasta contraproducente. Estoy a punto de entrar a estudiar una carrera en línea para ser periodista digital. Así que no, no puedo largarme por completo, debo mantener un pie en el mundo virtual, pero si puedo dejar al aparato de lado mientras no sea necesario. Que quienes necesitan comunicarse conmigo tengan la confianza de hacerlo, por lo menos, por teléfono. No digo que todos vengan a visitarme a mi bosque, pero creo que podemos hacer un trato para humanizar más nuestras relaciones.

Así, 16 horas sin mi teléfono me han ayudado a pensar todo esto. No sé si esté bien o si tenga sentido para los demás, pero para mi es todo un aprendizaje. Si bien sé que pronto recuperaré mi teléfono, no pienso seguir trayéndolo como grillete. Tanto me costó ser libre como para esclavizarme yo sola.

Lights

There’s enchantment, some sort of magic inside a theatre, something really hard to describe to an outsider. Between those walls, the energy moves and connects with each and everyone there. Some of them may not feel it, others may not be able to listen to it, but when you do, when you are able to understand, something happens, something changes.

Once you have embraced that magic, you are connected forever with it, unless you let it scape from you… but that is another story. And when you are connected with the theatre, you speak the same language. When everybody else is connected with the same energy, you are able to create, to experiment, to play together, forming something different, something unique, something yours.

And so, when you are in group of theatre junkies and all of you are creating something together, you are able to communicate through a language that is only yours. That language can last forever, or for a couple of nights, sometimes it gets lost and you have to find it again, or create it again.

So one night, a couple of days ago, I had one of those nights when you finish the play feeling absolutely amazing, the energy inside of you is incredible, you feel alive. Because sometimes you go walking not feeling alive… The most amazing thing is that it was something everybody else felt, that we had the best performance ever, and we had to celebrate it.

My part seems simple, I just have to turn on and off the lights, but it has a science, a feeling, a way of communicating that I had to learn and understand very quickly. That night, I experimented, I played with them, and it was amazing. I was able to broadcast my emotions, my feelings through a set of lights. I created something…

I see my self as a very creative person, I have my areas of expertise and until that night, I didn’t feel like that was one of them. I mean, I know I’m not an expert and I still have a lot to learn about it, but I learned, I enjoyed, I loved it.

The lights, another character that has something to say, that feels and moves…

Once you feel that, you have to go back, you have to do it again and again. You become a theatre junkie and you feel the need to communicate a lot of things through that simple thing called lights. Such a simple thing and such a complex language.