El próximo 2017 se cumplen 20 años de que se iniciara nuestra compañía de teatro Los Mopeluches, por lo tanto se cumplen 20 años de que inicié mi carrera como titiritera. Durante ese tiempo he aprendido mucho, me he equivocado otro tanto y me he divertido montones. Gracias a mi padre he tenido la oportunidad de pisar muchos escenarios y desarrollar una de mis pasiones más grandes que ahora me trajeran hasta donde estoy ahora… explorando el mundo del cine y la animación cuadro por cuadro.

 

Hace 16 años tuvimos la magnífica experiencia de presentarnos en el Festival Quimera, en Metepec, en el Estado de México. En esa ocasión tuvimos dos funciones, la primera de ellas fue dentro de un teatro cuyo nombre escapa a mi memoria y la segunda de ellas fue en la Escalinata del Calvario. La camioneta había llegado tarde por nosotros, el camino fue un poco tormentoso y para cuando llegamos al teatro teníamos tan sólo 20 minutos para hacer el montaje de nuestro equipo, el cual tomaba un aproximado de 45 minutos. Sin entrar en pánico, el personal del teatro nos ayudó y en 10 minutos, el teatrino estaba armado y estábamos listos y calentando para entrar a función. Después de una excelente función, salimos corriendo para alcanzar a comer y tener la segunda presentación, la cual estuvo llena de gente maravillosa y cálida que nos recibió con el corazón abierto y toda la buena energía.

 

Hasta ese momento, no me había presentado en un escenario tan grande y con tanta gente. Al salir nos pidieron autógrafos, compraron nuestros cassettes, nos hicieron preguntas, se tomaron fotos con nosotros y nos hicieron sentir maravillosamente bien. Cabe mencionar que mi padre tuvo dos programas en Televisión Mexiquense, hace más o menos 30 años. En ellos me presenté por primera vez en televisión y otras historias de ternura que acompañan mi vida. Y esos programas siguieron retransmitiéndose, por lo que mi padre estaba en las televisiones de la gente por varias décadas después de que el programa terminara sus grabaciones. Para la gente que fue a vernos a esas funciones, mi padre era algo tan natural y, que su hija fuera una adolescente algo tan extraño, que al final recibí a mucha gente que me vio nacer y crecer.

 

Dicho festival acaba de celebrar su edición número XXVI y tuvimos el honor de ser invitados y de presentarnos en sus escenarios una vez más. En esta ocasión fue en la Plaza Juárez, unas horas antes que Ely Guerra.

 

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Después de un viaje un poco atropellado, algunos problemas de salud propios y de familia, y la historia de Luca atravesada, llegué a Cuernavaca a preparar el show. Por todo lo anterior, nuestro gran equipo quedó reducido a mi padre y yo. Acordamos las canciones que cantaríamos, acomodamos los muñecos; ensayamos las canciones, buscamos los cables; cenamos y platicamos para dormir y poder estar listos, peinados y con triques a las 10 de la mañana en la Glorieta de la Paloma de la Paz, a donde pasaría la camioneta por nosotros para llevarnos a Metepec. La camioneta llegó más temprano de lo planeado, pudo acercarse hasta la casa, cargamos todo y emprendimos el viaje.

 

Al llegar nos recibieron calurosamente, a mi padre lo trataban de “Maestro”, como sé que se merece, nos dieron un camerino enorme, pues pensaban que seríamos por lo menos 5 personas.

 

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Preparamos nuestras cosas e hicimos un rápido soundcheck.

 

 

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Después de una rápida entrevista, fuimos a comer y regresamos para prepararnos. Tuvimos otra entrevista y llegó el momento de acercarnos al escenario para empezar.

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Hacía tiempo que no me sentía tan nerviosa; no sé si fue la cantidad de energía que le invirtieron a esta edición del festival, el trato que nos dieron, la cantidad de gente que nos acompañó o estar fuera de tablas, pero estaba sumamente nerviosa.

 

Pero el público nos recibió con mucho cariño, la verdad fue una función excelente llena de gente que fue a vernos a nosotros, nos conocieran o no.

 

 

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Por el formato de nuestro espectáculo, normalmente yo nunca estoy a cuadro. Yo soy titiritera y me quedo atrás, manipulando mis muñecos y sin saber a ciencia cierta qué ocurre afuera. Hace tiempo comenzamos a integrar mi canto al show, cada vez un poco más. Me cuesta mucho trabajo no verme torpe, mi canto siempre fue coral o de estudio, nunca de escena. En esta ocasión pude darme cuenta de mis serios problemas de interpretación en escena, pero eso no quitó la magnífica experiencia que vivimos en ese escenario.

 

Entre el público se podían ver mujeres de mi edad y un poco más, cantando todas y cada una de las canciones. Sus hijos de entre los 4 y los 12 años, cantando las canciones junto con nosotros. Sus rostros maravillados con el nuevo material, la emoción de escuchar las canciones clásicas que llevan toda su vida en sus mentes, en sus televisores.

Al final, una mujer se acercó a mi padre y le dijo:

-Maestro, es un honor conocerlo. Mis hijos se saben todas sus canciones, las traigo en el carro y las cantan todos los días cuando vamos a la escuela. Muchas gracias, es un honor conocerlo.

 

Para mí fue impactante ver la grandeza de mi padre, la forma en que se mueve en escena, cómo se comunica con el público y el hecho de que toca vidas de desconocidos con el arte que sale de su cabeza, de sus manos.

 

Una entrevista más y pudimos emprender el regreso a casa. El trato tan magnífico que nos dieron continuó hasta el final.

 

 

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Llegamos a casa agotados y con el corazón llenito. Esa noche fue aquella en la que partió Luca, por lo que toda esta aventura quedó tocada por su partida y hasta ahora pude sentarme a contarles esto.

 

Estoy muy agradecida de tener el padre que tengo, tan grande y talentoso; de haber crecido entre escenarios, camerinos, cámaras y micrófonos; con gente loca y artista que me enseñó tanto, tanto que no se imaginan, que me ha servido en las circunstancias más insospechadas. También estoy agradecida con mi madre, que me apoyó sin importar lo que pasara o lo que le dijera que quería hacer. Que me enseñó a tejer y a coser y me presta sus reglas de corte para hacer mis disfraces o su máquina de coser para hacer mis vestidos, inventados.

 

Agradezco también haber conocido a la gente que he conocido, que me ha invitado nuevamente a pisar escenarios, que los ha compartido conmigo; a quienes me enseñaron a hacer iluminación o me invitaron a hacerla. Agradezco infinitamente que hoy puedo decirme titiritera, así, con todas sus letras. Agradezco a los que me leen y me comparten y con esto les obsequio un pedazo de mi corazón a todos los que me hacen posible.

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