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Hace un año, justamente, estábamos terminando de empacar al Conejo Blanco. Ahí estábamos, sentados y completamente agotados; tomábamos vino y compartíamos con una mujer que sin saber exactamente por qué, estaba acompañandonos en el proceso. Durante los días pasados habíamos optado por hacer cosas que nunca nos imaginamos hacer dentro de un teatro. Yo decidí poder fumar libremente mientras empacaba; dar marometas como lo hacía en el teatro del Cedart; cantar una canción sin prepararla ni ensayarla ni nada, así solamente porque tenía que ver; lanzar burbujas con un maravilloso artefacto en forma de saxofón; sacar mi frustración golpeando las paredes con un atado de hule espuma; serruchar los brazos de una silla, en pleno escenario, para poder sentarme cómodamente en ella, antes de tirarla a la basura y muchas, muchas otras cosas más.

 

Como lo dije antes, yo llegué tarde a esa historia, pero la hice mía, tan mía como la de otros. El Conejo Blanco me vio dormir, llorar y reír, me vio sangrar, quejarme y triunfar; me vio gritar, carcajearme hasta las lágrimas y susurrar, me vio aprender, equivocarme y desmoronarme; me vio descubrirme, esconderme y re-descubrirme; me vio quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

 

Así que hace algunos días, los recuerdos se han agolpado fuertemente, haciéndome vibrar con lo que fuimos, con los que fuimos. Al mismo tiempo, una semilla sembrada en ese lugar ha germinado para mí, llevándome exactamente a donde tengo que estar. En toda esa marejada de emociones, el recuerdo palpitante del aniversario me sigue despacito, recordándome precisamente, quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

 

Un día, hace un par de meses, soñé que volvía y sus paredes eran naranjas. Al día siguiente me vi a mí misma, recortando camino y llegando justo a su esquina: Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero. Ahí estaba; en su balcón desconocí nuestras historias y a través de sus ventanas pude esbozar unas paredes naranjas. Algunas semanas después, pasé por enfrente, tratando de permanecer calmada y en la búsqueda de la renta de una botarga para una obra de teatro. En la puerta, abierta, se encontraba un anuncio de un nuevo restaurante. Me detuve, regresé un par de pasos, miré las escaleras, de un amarillo anaranjado que llevaban a un lugar que antes fuera negro. No pude avanzar.

 

Hoy, el anuncio de visítanos en Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero, justo atravesando este aniversario, me tiene desconcertada. Son ciclos, claros como el agua; nada es un misterio y yo sigo preguntándome si debo permanecer tranquila, desmoronarme aunque sea un poco, soltar algunas lágrimas o hacer como que está bien que el Conejo Blanco ahora sea un restaurante de sushi…

 

Sigo alimentándome de aquellas cosas que me dejara la madre coneja, sigo creciendo con lo que descubrí en ese lugar, como me descubrí en ese lugar. Hoy avanzo rápidamente hacia lo que amo, agradeciendo a la madre coneja por haberme dado la vida. Y la extraño, extraño Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero.

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