Historias Fherchosianas


El 2017 empezó, como desde hace ya algunos años se ha hecho costumbre, con proyectos nuevos, mucha confusión, ilusión de aprender y trabajo. Y terminó, como también ya se ha hecho costumbre, completamente distinto; y más allá, muy, pero muy alejado de lo que alguna vez pude imaginar que sería, ya no mi año, mi vida.

 

El primero de enero nos recibió la partida de mi padrino… aún no he podido hacerle justicia a ese gran hombre que siempre, siempre creyó en mí, sin importar lo disparatada que fuera mi aventura en el momento, o mis elecciones. Espero pronto poder sacar con letras lo que ese hombre significó para mí.

 

Venía de un año en donde pisé un escenario que no había pisado en 16 años, donde fui recibida con mucho amor por el público y donde, ese mismo día, nos despedimos de nuestra amada perrola, Luca.

 

Recién desempacada en Ciudad Monstruo, en enero estuve cuidando a mi hermano que se recuperaba de una cirugía donde le retiraron la placa que le pusieran hace 4 años tras su fractura. Hicimos de ello una aventura, así que nos dedicamos a jugar The Legend of Zelda, sin Game Genie, tratando de llegar al final con suficientes corazones. También vimos programas y series, jugamos sin parar y eso hizo la recuperación más llevadera. Dentro de esa aventura también preparé el peor arroz que he hecho jamás, pero me quedo tranquila de que todas las circunstancias no me permitieron que quedara como yo quería y después de eso preparé muy buenos arroces; es decir, no fui yo.

 

Después de las vacaciones médicas, volvimos a la vida cotidiana y entré de lleno con el primer proyecto donde yo sería la única animadora (de stop motion) para un canal español que solicitó nuestros servicios. Hicimos un primer intento que ni siquiera llegó al final, replanteamos las marionetas y lo intentamos de nuevo, aunque sin poder elegir los materiales adecuados, pero logramos adaptarnos con lo que teníamos. Aunque no era un excelente cliente, para mí fue la oportunidad de vivir una experiencia de trabajo en equipo, de ensayo y error, de aprendizaje.

 

Me acompañó una muy mala experiencia en el camino, con la cual tomé la decisión de refugiarme en mi amada Cuernavaca, esa de la que tanto he escrito, hablado y cantado, y ahí pude sanar mis heridas como en l’historia della tigre, donde el soldado es curado por una tigresa en una cueva, quien le lame las heridas. Y seguimos sanando, recuperando todo aquello que fuera perturbado en un inicio… suficientemente fuerte y, ya no estoy sola.

 

Pero fue ahí, en esas vacaciones merecidas y obligadas, a mis 32 años, que aprendí a nadar. Después de todas las malas experiencias con las clases de natación y los traumas que fueron acompañándolas, pude ir superando las sensaciones hasta lograr nadar por debajo del agua. Considerando que no podía pisar el mar sin una llantita y en la alberca sólo me quedaba donde podía pisar, creo que mis avances fueron espectaculares. Con alguien a mi lado con la suficiente paciencia para ayudarme, entendí que está bien que el agua entre un poco a tu nariz, pero que de ahí no pasa; entendí que el agua es uno de los mejores lugares para estar. Y es que el agua ha sido mi compañera, me cuida, me cura, me limpia, me acompaña, me sana… Al nadar, el agua se convierte en un refugio para el alma, donde el silencio es casi absoluto y puedes escuchar el latir de tu corazón.

 

Pero fueron unas vacaciones en donde sucedieron cosas y removieron decisiones que había tomado anteriormente a nivel emocional. Me di cuenta de lo que tenía, que no era suficiente, que yo era un gran pez dentro de un pequeño estanque y que ahí, justo ahí, no iba a poder crecer más. En lo laboral, los retos fueron creciendo pero la compensación económica no alcanzaba para cubrir el desgaste que requería. No sólo no ganaba dinero, terminaba poniendo dinero. Pude hacer algunos ajustes pero, al final, la desesperación iba creciendo. Siempre con grandes proyectos en puerta, de los cuales no vi realizarse ninguno, excepto en los dos que participé. Vino el curso de verano en donde las cosas se desestabilizaron gravemente, hasta que cada fragmento de la realidad cotidiana dejó de tener sentido, dejó de ser lo que era y reveló su verdadera cara. Venían cambios fuertes y, aunque lo presentía, no tenía idea de cómo sería que llegarían.

 

Llegó un refugio en el canto, con el tiempo perfecto y necesario para permitirme invitar a mis hermanos a formar parte de la experiencia. Juntos navegamos las aguas corales hasta llegar a nuestra primera presentación, y es que en todos los años que llevamos de conocernos, nunca habíamos estado juntos en un coro, cantando, por lo que la experiencia se convirtió en algo mucho más profundo. Estábamos también en el preámbulo del viaje a Argentina, tan esperado y anhelado. De cumpleaños recibí una maleta. Buscando la mejor forma de viajar, la más barata, logré comprar unos boletos de avión muy económicos, sujetos a cupo. Vinieron chats con los anfitriones, muchas dudas, tratar de ahorrar, recortar gastos, encontrar otros trabajos. Mi primer viaje venía en camino y yo no me sentía lista.

 

Un buen fin de semana, volví a sanarme con la tigresa guayabita. Fueron días de reflexión, de poner todo en perspectiva y de ver el final de la última temporada de Game of Thrones. Aún estaba a lado de quien fuera mi compañero durante tres años, pero… las cosas ya no estaban bien.

 

Regresando a Ciudad Monstruo, en un auto lleno de perfectos desconocidos que confiábamos los unos en los otros, mi celular vibró en mi mano con un mensaje que contenía tan sólo la imagen de un beso con un corazón brotando de sus labios. El mensaje provenía de un hombre a quien nunca había visto en persona, pero a quien conocía desde hacía ya bastante tiempo. Habíamos sostenido un par de charlas muy profundas, pero nunca, conscientemente, nos vimos en vivo. Claro que después descubrimos todas y cada una de las ocasiones en donde estuvimos en la misma habitación, el mismo parque, con los mismos amigos… Vamos, su mejor amigo había sido mi mejor amigo años atrás, pasé por enfrente de su casa millones de veces, pero por cuestiones del destino, hasta ese momento, nunca nos habíamos tenido de frente.

Nuestra conversación inició aquel día y *SPOILER ALERT* no hemos parado de hablar desde ese momento. Teníamos tanto en común, habíamos hablado tanto antes… y sólo necesitamos un pretexto, un poco de contexto y la charla fluyó. Una charla como aquella que se da entre dos personas que se conocen desde hace mucho tiempo, que no paran de hablar. Así que sí, un beso coqueto con un corazón, a las 9 de la mañana de un lunes, mientras venía de Cuernavaca a Ciudad Monstruo, esperando llegar antes de las 11 a la oficina para poder abrirle a los chicos de servicio social. Y sí, yo era una persona con chicos de servicio social a su cargo, que hacía conteos de horas y firmaba las cartas mensuales; que tenía a su consentida, a quien también le exigía más. Era una persona con un gafete de entrada a los Estudios Churubusco que estaba siempre antes del medio día para revisar el trabajo hecho, aprobar contenidos para redes, hacer los planes semanales, realizar cobros y pagos, hacer guiones para las clases de animación, supervisar prácticas, dar clases, practicar animación… en fin, todologa como siempre.

 

Llevaba tres años en aquella relación que tenía la puerta abierta y ahí se coló ese beso, al cual respondí con un: “Hola!”

 

Comenzamos hablando de puppets, ambos titiriteros. ¿Quién hubiera dicho? Yo sabía que él era actor y director, con semejante padre, casi no quedaba de otra. Sabía que hacía cine, que daba clases, que cantaba; no paraba de pensar en aquella vez, cuando trabajaba en el inframundo, que no pude salir a ver su presentación porque mi jefe no pudo darme mi hora de comida en ese momento. Sabía que estaba dentro del movimiento Steampunk, conocía algunos aspectos de su vida pero, seguía siendo un misterio. Hablamos de nuestras experiencias, del teatro, del arte, de nosotros, de todo.

 

Llegué a la oficina mucho antes de la hora necesaria, así que paré a desayunar unos tacos de canasta. La plática fluyó como si nos conociéramos de toda la vida, y a la vez, nos descubriéramos ansiosos, con alegría, expectantes de ver lo que hay detrás de la cortina. Aunque estaba trabajando, lo cierto es que no pude detener la conversación, frente a la computadora, sonriendo con sus mensajes. Cuando debía levantarme de mi escritorio, el celular se iba pegado a mí. Así pasamos todo el día hasta que llegó la hora de dormir, a la mañana siguiente, temerosa, mandé el primer mensaje sin saber si lo que estaba pasando era parte de mi imaginación. La respuesta fue inmediata y continuamos hablando. Preguntas, el día a día, la compañía en los momentos tediosos y álgidos. Ahí estábamos, el uno para el otro, 24 horas al día.

 

La semana fue avanzando y sentí la necesidad de verlo en persona, de constatar lo que estaba sintiendo y mi primer acercamiento fue invitarlo a salir, a tomar un café, a conocernos en persona. Uno de mis mejores amigos había seguido la situación de cerca y me envalentonó para ser yo la que le pidiera vernos y, después de un breve silencio informático, accedió nervioso, esperando mi propuesta. Quedamos de vernos el sábado pero pasamos el viernes entero hablado. La noche, que transcurrió en una velada de juegos con mis hermanos, se convirtió en día y a eso de las 8 de la mañana, decidimos vernos, simplemente vernos. Cada quien tomó un baño y él se encaminó hacia mi casa, sin crédito en el celular y poca batería. Al cumplirse el tiempo presupuestado, marqué a su número pero no obtuve respuesta. En mi mente, todas las posibilidades de que me hubiera imaginado todo, corrían a mil por hora mientras otra parte de mí, confiaba en que en cualquier momento aparecería su larga cabellera. El tiempo se hizo eterno, la ansiedad crecía, pero redacté una nota que le avisaba a mi madre que saldría. Me alejé de la ventana, casi resignada, cuando algo me hizo volver y de pronto ahí estaba, así como lo imaginaba, mucho más alto, con su cabello largo y suelto… Hermoso.

 

Dejé la nota sobre la mesa, tomé mi bolso preparado para el frío del Ajusco y salí del edificio, pero no lo veía. No estaba segura de hacia dónde había caminado así que marqué de nuevo pero la llamada no entró. Y de pronto, sonó una llamada por cobrar donde me decía que estaba en la entrada, en la otra entrada de la escuela que se apodera de la zona. Caminamos el uno hacia el otro y, cuando nos encontramos, nos abrazamos inmediatamente. Pude sentir en él mucha luz, mucha energía, mucha paz, pero también mucho dolor. Pude ver lo que pasaba por su mente, en ese y otros momentos; pude sentir a su padre, mezclado como en una especie de plastilina cósmica/energética. Y su olor… es el olor de mi padre. —Hueles a mi papá. Me contestó —Es de mi papá. Tras de un largo y, a la vez, breve silencio, nos miramos a los ojos, suspiramos, me tomó de la cara con sus grandes manos y tiernamente me dijo —¿Quieres ser mi novia?. A lo cual yo contesté inmediatamente que sí. Y emprendimos el vuelo de lo que ahora somos, nuestra vida cotidiana, nuestro ser.

 

Con ello también llegó la decisión de terminar aquella relación en la que me encontraba antes, siguiendo las reglas establecidas en un inicio, y dando comienzo a la magia que somos ahora. Pero no fue fácil, el tiempo puede hacer que las cosas se compliquen. Tuve que ir cerrando ciclos, por mejorar, por salud emocional o simplemente porque era necesario.

 

El mayor reto vino cuando llegó el tan esperado viaje a Argentina, tan sólo dos semanas después de empezar nuestra relación. Fue una enorme prueba que superamos de la mejor manera posible y que nos ayudó a ser tan fuertes como somos ahora.

 

Argentina es otro tema, un tema del cual no he podido escribir aún. Y es que, fue la primera vez que me subí a un avión, la primera vez que visité otro país y, por consiguiente, la primera vez que me presenté en un escenario extranjero (o muchos). Entendí que no existen fronteras, las creamos nosotros con nuestros miedos. Conocí a gente increíble, gente entregada y dedicada a la música infantil, unidos todos por ese objetivo en común: los niños, los pibes, las crianças. Fue descubrirme capitalina en cualquier capital, subirme al tren y al subte, sin guías de por medio. Perdernos en Buenos Aires, encontrarnos. Fue todo y a la vez no encuentro las palabras para hablar de tanto que viví.

 

Y sobreviví, sobrevivimos. Volví a México con la convicción de pasar el resto de mis días a lado de este maravilloso hombre.

 

Hemos tenido dificultades, como cualquier pareja, pero nunca nada que no se haya podido solucionar. Hablamos, hablamos mucho. Nuestros días están llenos de todo. Nos envuelve el arte, el arte es nuestra vida y nos cobija, nos empuja a crecer. En ya cuatro meses hemos hecho tantas cosas.

 

Sobrevivimos a dos terremotos.

 

Aquí estamos, sanándonos día a día, conociendo todo aquello que nos enferma y alejándolo, como podemos, de nuestras vidas. Mi familia creció, me recibieron con los brazos abiertos y llenos de amor, y mascotas. Tengo un espacio de libertad y amor absolutos, donde puedo ser yo, tal cual como soy. Vivimos en un espacio donde nuestros defectos y cicatrices, nuestras ocurrencias y equivocaciones, nuestras imperfecciones y hallazgos, nuestro ingenio y dedicación, nos permiten sanar, crecer, ser. Entendemos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

 

Este año que acabó pude, por primera vez en la vida, terminar dos videojuegos: The Legend of Zelda y A Link to the Past. Y comencé este año con el reto de Final Fantasy XIII, mismo que terminé hace un par de días. Bueno, sí y no, porque me ceñí a las misiones principales y vencí al Huérfano, llegando a la pantalla hermosa que dice FIN, con lágrimas en los ojos, pero las misiones pequeñas aún están en proceso.

 

2017 fue un año de cambios muy fuertes, donde pude conocer a gente extraña, increíble, de luz, de no tanta luz. En los cuatro meses que llevo a lado de este hombre hemos pasado por tantas cosas. Desperté, aprendí a ver con nuevos ojos el mundo que me rodea. También pude aprender cosas increíbles acerca del cine y estamos haciendo el guión de nuestra primera película, juntos.

 

Aprendí que no tenemos por qué aguantarnos cuando tenemos depresión, que hay formas de salir. Me permito decirlo ahora, no como una cátedra ni un “lo que tú deberías de hacer”, sino como un consejo de dos personas que tienen depresión. El estrés postraumático de los terremotos nos dejó a muchos desarmados, aunado a lo que ya cada quién traía desde antes. Yo no pude salir de casa en casi un mes… Pero salí a festejar la vida de mi hermano y a vivir la vida y la experiencia de no saber si entrar en pánico o emocionarme cuando aterrizó el avión, ambas veces.

 

Pude vivir mucho en este año que terminó, estoy plena y absolutamente agradecida con la vida por haberme guiado hasta donde estoy. Supe ver las señales, las seguí y llegué a un lugar hermoso. Cerramos el año con noticias de salud en la familia y empezamos este con toda la intención de partirle su madre y mostrarle de qué estamos hechos. Orgullosa de lo que somos, de lo que hemos hecho y de lo que podemos hacer; orgullosa de mis errores y aprendizajes. Cerramos el año con música, vino y buena charla; dando consejos a unos jóvenes que aparecieron en nuestra puerta; en familia y llena de amor.

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Llevo varias semanas, si no es que meses, tratando de sentarme a escribir algo para compartir aquí, pero los temas son tantos y tan variados que cuando comienzo con un tema, me distraigo con el otro y no logro terminar ninguno de ellos.

 

Todos son temas densos, de los que tengo mucho que opinar, de los que todos tenemos algo que decir, ganas de alzar la voz y bueno, cuando me sienta más preparada, lo haré.

 

Así que por ahora, quiero abordar un tema más… ligero quizá, que es el nuevo disco de Café Tacvba: Jei Beibi.

 

Por diversas razones, motivos y circunstancias, el 5 de mayo me fue imposible escuchar el disco y el tiempo fue sucediendo hasta que ayer, finalmente, pude dedicarle los poco más de 51 minutos que requiere esta empresa.

 

Como la adorable obsesiva que soy, decidí ir haciendo mi reseña en tiempo real, con uno de mis mejores amigos que, además de todo, comparte conmigo el amor por Café Tacvba. He aquí el resultado:

 

1-2-3 trae un sonido nuevo para ellos, creo que nunca lo habían explorado. Es ochentoso pero moderno, como entre Pharrell Williams y Jamiroquai. En cuanto a la letra, con ellos siempre me pasa que me tardo un rato en encontrar de qué va la canción y hasta la segunda o tercera vuelta es que logro comprenderla. Es un contenido fuerte, necesario. Me gustó.

 

Matando es rara, explora un lado vocal de Rubén mucho más maduro, uno que antes no escuchábamos y al que quizá no estamos tan acostumbrados. Siento que esta conserva una esencia más tacvbosa, con madurez diría yo. Es de esas rolas que probablemente no se vuelva hit, pero que no es mala. Algo en su sonido tiene un guiño a Cerati, eso me gustó.

 

Automático no me gustó. Siento que es una de esas rolas que se fueron quedando de otros discos y quisieron ir evolucionándola pero siempre se quedaba fuera. Me da la impresión de tener como varias capas de intentos de sonidos que nomás no funcionaron.

 

Enamorada tiene un bajeo interesante, me gusta la idea de que sea cantada desde una perspectiva femenina. Es muy del estilo de lo que podíamos escuchar en los buenos tiempos del Vive Latino. Me parece que es un sonido del tipo Panteón Rococó meets Café Tacvba. Es extraño porque es un sonido nada nuevo, pero para ellos sí, pues no es el tipo de cosas que hacían antes. Una cosa admirable de Café Tacvba, que siempre ha explorado sonidos de todo tipo.

 

Fvtvro fue sencillo, con ella empezamos el año y me parece una rola extremadamente rara pero chingona. Tiene ese sonido tan de ellos, como muy chilanga.

 

Resolana de luna suena como otra rola de tiempos Vive Latino. Tiene un sonido entre Jumbo y La Gusana Ciega pero atacvbado. No me llegó, a pesar de estar tan cerca de cosas que en su momento me llegaron, me pareció una rola más del montón.

 

El mundo en que nací sí me latió, pero nuevamente no es para nada el sonido Tacvbo. Me da como entre Jorge Drexler y Kevin Johansen; bonita, pegadora, de esas que todos van a dedicar. Pero siento que es una emotividad inevitable de papá escribiéndole a sus bebé, como les pasa a todos, que es un sentimiento universal, pero que al hacerlo canción se vuelve muy de esa persona y no de todos. Igual me latió.

 

Aquí me detengo para hacer una reflexión con respecto al sonido Tacvbo, pues sí, la banda ha seguido evolucionando con los años y es un grupo del cual se agradece su exploración, pero siempre han tenido un algo que hace que digas “ah, claro, esa rola es de los tacvbos” y en este caso, siento que este es el disco que menos suena a ellos.

 

Me gusta tu manera es un reggaetón irónico. Por una parte me da un poco de reserva que quizá pueda perderse su ironía y acabar siendo algo que no era, aunque tal vez eso no sea del todo malo. Es rara, tiene un no sé qué. Me pareció divertida, para cotorrear en la fiesta, como para bailar cachondamente con la persona que te gusta pero en esa esencia irónica propia de la rola.

 

Vaivén es quizá la que más se acerca al sonido de El objeto antes llamado disco. Igual explora una madurez vocal de Rubén y creo que yo la podría considerar el hilo conductor entre el disco anterior y el nuevo, pero no me dijo nada más. Tiene por ahí un guiño a La Maldita Vecindad.

 

Que no, me pasó lo mismo, ese no es el sonido Tacvbo. Tiene momentos de los 2000, Vive Latino y a la vez no. Es discreta, busca su genialidad en otras cosas, pero no lo logra. Me suena a una de esas canciones que podría perfectamente cantar Leonardo de Lozane y me haría más sentido.

 

Diente de león tiene lo mismo, un sonido ajeno y tampoco me gustó. Vocalmente no propone mucho, tiene como un momento que me evocó The Rocky Horror Show y a la vez regresa a ese sonido Rock en Español, Vive Latino, año 2004. Hacia el final parece retomar un aire Tacvbo pero lo vuelve a perder.

 

Disolviéndonos es, de nuevo, ese mismo sonido del que tanto vengo hablando, cuando el Vive Latino era genial. La guitarra tiene todo el estilacho. Pero la rola no es tan genial, no me gustó, no me movió, no me dijo nada.

 

Celebración, en contenido, es muy Rubén, pero en sonido, nuevamente se aleja de su esencia. No me gustó el principio, cuando rompe de pronto parece agarrar más forma pero mñe, no pasa de ahí.

 

Me quedé con ganas de más, con ganas de su sonido, de sus exploraciones como parte de un mismo todo, no sé, no estoy convencida del todo. Rescato 1-2-3, Enamorada, Me gusta tu manera y Fvtvro.

 

Ahora, alguien podría decirme ¿por qué Un par de lugares, que fue sencillo, no aparece en el disco?

El próximo 2017 se cumplen 20 años de que se iniciara nuestra compañía de teatro Los Mopeluches, por lo tanto se cumplen 20 años de que inicié mi carrera como titiritera. Durante ese tiempo he aprendido mucho, me he equivocado otro tanto y me he divertido montones. Gracias a mi padre he tenido la oportunidad de pisar muchos escenarios y desarrollar una de mis pasiones más grandes que ahora me trajeran hasta donde estoy ahora… explorando el mundo del cine y la animación cuadro por cuadro.

 

Hace 16 años tuvimos la magnífica experiencia de presentarnos en el Festival Quimera, en Metepec, en el Estado de México. En esa ocasión tuvimos dos funciones, la primera de ellas fue dentro de un teatro cuyo nombre escapa a mi memoria y la segunda de ellas fue en la Escalinata del Calvario. La camioneta había llegado tarde por nosotros, el camino fue un poco tormentoso y para cuando llegamos al teatro teníamos tan sólo 20 minutos para hacer el montaje de nuestro equipo, el cual tomaba un aproximado de 45 minutos. Sin entrar en pánico, el personal del teatro nos ayudó y en 10 minutos, el teatrino estaba armado y estábamos listos y calentando para entrar a función. Después de una excelente función, salimos corriendo para alcanzar a comer y tener la segunda presentación, la cual estuvo llena de gente maravillosa y cálida que nos recibió con el corazón abierto y toda la buena energía.

 

Hasta ese momento, no me había presentado en un escenario tan grande y con tanta gente. Al salir nos pidieron autógrafos, compraron nuestros cassettes, nos hicieron preguntas, se tomaron fotos con nosotros y nos hicieron sentir maravillosamente bien. Cabe mencionar que mi padre tuvo dos programas en Televisión Mexiquense, hace más o menos 30 años. En ellos me presenté por primera vez en televisión y otras historias de ternura que acompañan mi vida. Y esos programas siguieron retransmitiéndose, por lo que mi padre estaba en las televisiones de la gente por varias décadas después de que el programa terminara sus grabaciones. Para la gente que fue a vernos a esas funciones, mi padre era algo tan natural y, que su hija fuera una adolescente algo tan extraño, que al final recibí a mucha gente que me vio nacer y crecer.

 

Dicho festival acaba de celebrar su edición número XXVI y tuvimos el honor de ser invitados y de presentarnos en sus escenarios una vez más. En esta ocasión fue en la Plaza Juárez, unas horas antes que Ely Guerra.

 

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Después de un viaje un poco atropellado, algunos problemas de salud propios y de familia, y la historia de Luca atravesada, llegué a Cuernavaca a preparar el show. Por todo lo anterior, nuestro gran equipo quedó reducido a mi padre y yo. Acordamos las canciones que cantaríamos, acomodamos los muñecos; ensayamos las canciones, buscamos los cables; cenamos y platicamos para dormir y poder estar listos, peinados y con triques a las 10 de la mañana en la Glorieta de la Paloma de la Paz, a donde pasaría la camioneta por nosotros para llevarnos a Metepec. La camioneta llegó más temprano de lo planeado, pudo acercarse hasta la casa, cargamos todo y emprendimos el viaje.

 

Al llegar nos recibieron calurosamente, a mi padre lo trataban de “Maestro”, como sé que se merece, nos dieron un camerino enorme, pues pensaban que seríamos por lo menos 5 personas.

 

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Preparamos nuestras cosas e hicimos un rápido soundcheck.

 

 

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Después de una rápida entrevista, fuimos a comer y regresamos para prepararnos. Tuvimos otra entrevista y llegó el momento de acercarnos al escenario para empezar.

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Hacía tiempo que no me sentía tan nerviosa; no sé si fue la cantidad de energía que le invirtieron a esta edición del festival, el trato que nos dieron, la cantidad de gente que nos acompañó o estar fuera de tablas, pero estaba sumamente nerviosa.

 

Pero el público nos recibió con mucho cariño, la verdad fue una función excelente llena de gente que fue a vernos a nosotros, nos conocieran o no.

 

 

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Por el formato de nuestro espectáculo, normalmente yo nunca estoy a cuadro. Yo soy titiritera y me quedo atrás, manipulando mis muñecos y sin saber a ciencia cierta qué ocurre afuera. Hace tiempo comenzamos a integrar mi canto al show, cada vez un poco más. Me cuesta mucho trabajo no verme torpe, mi canto siempre fue coral o de estudio, nunca de escena. En esta ocasión pude darme cuenta de mis serios problemas de interpretación en escena, pero eso no quitó la magnífica experiencia que vivimos en ese escenario.

 

Entre el público se podían ver mujeres de mi edad y un poco más, cantando todas y cada una de las canciones. Sus hijos de entre los 4 y los 12 años, cantando las canciones junto con nosotros. Sus rostros maravillados con el nuevo material, la emoción de escuchar las canciones clásicas que llevan toda su vida en sus mentes, en sus televisores.

Al final, una mujer se acercó a mi padre y le dijo:

-Maestro, es un honor conocerlo. Mis hijos se saben todas sus canciones, las traigo en el carro y las cantan todos los días cuando vamos a la escuela. Muchas gracias, es un honor conocerlo.

 

Para mí fue impactante ver la grandeza de mi padre, la forma en que se mueve en escena, cómo se comunica con el público y el hecho de que toca vidas de desconocidos con el arte que sale de su cabeza, de sus manos.

 

Una entrevista más y pudimos emprender el regreso a casa. El trato tan magnífico que nos dieron continuó hasta el final.

 

 

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Llegamos a casa agotados y con el corazón llenito. Esa noche fue aquella en la que partió Luca, por lo que toda esta aventura quedó tocada por su partida y hasta ahora pude sentarme a contarles esto.

 

Estoy muy agradecida de tener el padre que tengo, tan grande y talentoso; de haber crecido entre escenarios, camerinos, cámaras y micrófonos; con gente loca y artista que me enseñó tanto, tanto que no se imaginan, que me ha servido en las circunstancias más insospechadas. También estoy agradecida con mi madre, que me apoyó sin importar lo que pasara o lo que le dijera que quería hacer. Que me enseñó a tejer y a coser y me presta sus reglas de corte para hacer mis disfraces o su máquina de coser para hacer mis vestidos, inventados.

 

Agradezco también haber conocido a la gente que he conocido, que me ha invitado nuevamente a pisar escenarios, que los ha compartido conmigo; a quienes me enseñaron a hacer iluminación o me invitaron a hacerla. Agradezco infinitamente que hoy puedo decirme titiritera, así, con todas sus letras. Agradezco a los que me leen y me comparten y con esto les obsequio un pedazo de mi corazón a todos los que me hacen posible.

Las pérdidas, son tantas y tan distintas. Algunas no tienen nombre. A cada quien le pegan diferente. No se pueden comparar unas con otras no son cuantificables.

 

Sabemos que la vida no es para siempre y algunos compañeros se nos escapan más rápido de lo que quisiéramos. Hoy partió una compañera de vida que me llenó de regalos y sabiduría. Detrás de ella quedó un abismo indescriptible, un llanto inconsolable que a ratos me ahogaba.

 

No hay palabras para describir lo que se siente perder a un compañero canino. No hay palabras nunca para describir una pérdida, de ningún tipo.

 

Como escritora, quisiera hacerle justicia y trato de plasmar el amor que nos tuvimos, aún me cuesta trabajo. Hoy extrañé sus ladridos, sus caballazos en la puerta para entrar a dormir conmigo; extrañe sus uñas subiendo la escalera y su escandalo al tomar agua, al rascarse; me hizo falta el temblor en la cama cuando se sacudía las orejas a media noche, ese temblor al que me acostumbré hace tanto tiempo.

 

Hoy me hizo falta mi Luca, mi caballa güera de ojitos buenos y corazón enorme. Me hicieron falta sus cariños encimosos y su cabeza apoyándose fuertemente sobre mi. No habrá día en que no extrañe acariciar su piel envejecida, colgando en la papada, su mirada exigente a la hora de comer; extrañaré también su insistencia inocente cuando de chocolate se trataba, su eterno amor que quedará en mi corazón para siempre.

 

Se llena uno de lugares comunes, porque no hay palabras para describir esto, no alcanzan, no hacen justicia.

 

Ella se fue en paz, en su casa, que era de ella antes que de nadie más. Se fue en paz, pudo despedirse de nosotros; esperó hasta que pudiera verla, a que estuviéramos todos en casa y le regaló su último aliento a papá, con quien se había jurado amor eterno.

 

Hoy le dedico las palabras que puedo, las que me salen. Sé que está bien, en un lugar donde ya nada duele y en donde nos esperará paciente para recibirnos con sus caballazos. Aquí la extrañaremos y honraremos su memoria por siempre.

 

Hasta pronto, mi amada compañera Luca.

 

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Me queda claro que el lugar donde sucedieron cosas importantes no es esas cosas importantes. Antes de entrar en uno de esos trances crípticos, me explicaré.

El sábado desperté con la certeza de cerrar un ciclo, de los muchos que tengo que cerrar, y decidí ir a comer al lugar de sushi que habita lo que antes fuera el Conejo Blanco.
Y es que el viernes había terminado de tomar una decisión, de esas que lo cambian todo, lo ponen a uno de cabeza y remueven todas las emociones.
También tenía la certeza de que era un cierre que tenía que hacer acompañada, por lo que fui con la única persona que estaba en la misma ciudad y que sabía exactamente lo que eso significaba: Jorge.
Llegamos a Gutemberg 8 y unos pasos antes comencé a sentir mi corazón agitarse y cruce la puerta azul nuevamente; esta vez se sintió distinto.
Me recibieron unas paredes claras y unas escaleras impecables, que el Conejo dejó de tener en sus últimas semanas. Al llegar a la cima pude ver todo lo que había cambiado: no había gradas, ni baño en la parte de arriba; los camerinos eran una mezcla entre cuarto para empleados y cocina… el espejo seguía ahí; la bodega seguía siendo bodega; el espacio donde inflé un colchón que se negaba a permanecer inflado era completamente la cocina; los baños, baños y el escenario seguía ahí. En el techo quedaban algunos de los tubos donde trepáramos como changos para colocar las luces de teatro.
Subí más escaleras, otras que barriera y trapeara tantas veces. En el departamento donde empacara millones de calcetines sin pareja, estaba ahora una tienda de cosas ñoñas donde me compré unos aretes de troopers. El lugar se sentía distinto, más pequeño, limpio. La chica que esperaba atenta en el mostrador nos miraba extrañada. Le explicábamos que estábamos volviendo por primera vez desde que nos despedimos de ese lugar, que antes era un teatro, que era de nuestros amigos, que vivimos muchas cosas ahí.
Tomamos una mesa en proscenio, miramos a nuestro alrededor; el escenario aún tenía pequeños pedazos de gaffer, algunos de los cuales yo pegué en su momento. Entre los millones de agujeros de tornillos pude reconocer aquellos que alguna vez llené de cera en un rato de ocio. También reconocí ese fragmento donde lloviera para nuestro comercial y cuya madera se hinchara por el agua que se colaba sin misericordia del contenedor que no estaba diseñado para eso.
Ese escenario donde lo viví todo ahora sostenía mesas. En la cabina estaba una tele con videos musicales japoneses. En los vitroblocks quedaba la huella de la cinta canela usada para pegar el cartoncillo negro que oscurecía el teatro. En el balcón había plantas, otras plantas que regaban otras personas. Unas paredes blancas que reflejaban toda la luz que nunca se reflejó en el Conejo, nos rodeaban y acompañaban de una forma que no lo habían hecho antes.
Era exactamente el mismo espacio, tan nuestro, tan ajeno. Recordaba lo mucho que extrañaba la orilla del escenario para descansar la espalda. Y donde comí muchas veces, comía de nuevo, diferente.
Lo que ahí pasó sigue en nosotros, en nuestros corazones. El espacio no define eso, pero sí guarda nuestra energía que probablemente se irá deslavando entre los otakus.
Ya lo dije antes, yo llegué tarde a esa historia, pero la hice tan mía como podía serlo.
Cuando nos íbamos sentí el impulso de despedirme del escenario como lo hice desde la primera vez que lo pisé, un 17 de diciembre, y todas las veces que le siguieron. No lo hice… En su lugar dejé una propina para la amable mesera que nos atendió y salimos de ahí, como tantas y tantas veces, pero diferente.

 

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Hace un año, justamente, estábamos terminando de empacar al Conejo Blanco. Ahí estábamos, sentados y completamente agotados; tomábamos vino y compartíamos con una mujer que sin saber exactamente por qué, estaba acompañandonos en el proceso. Durante los días pasados habíamos optado por hacer cosas que nunca nos imaginamos hacer dentro de un teatro. Yo decidí poder fumar libremente mientras empacaba; dar marometas como lo hacía en el teatro del Cedart; cantar una canción sin prepararla ni ensayarla ni nada, así solamente porque tenía que ver; lanzar burbujas con un maravilloso artefacto en forma de saxofón; sacar mi frustración golpeando las paredes con un atado de hule espuma; serruchar los brazos de una silla, en pleno escenario, para poder sentarme cómodamente en ella, antes de tirarla a la basura y muchas, muchas otras cosas más.

 

Como lo dije antes, yo llegué tarde a esa historia, pero la hice mía, tan mía como la de otros. El Conejo Blanco me vio dormir, llorar y reír, me vio sangrar, quejarme y triunfar; me vio gritar, carcajearme hasta las lágrimas y susurrar, me vio aprender, equivocarme y desmoronarme; me vio descubrirme, esconderme y re-descubrirme; me vio quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

 

Así que hace algunos días, los recuerdos se han agolpado fuertemente, haciéndome vibrar con lo que fuimos, con los que fuimos. Al mismo tiempo, una semilla sembrada en ese lugar ha germinado para mí, llevándome exactamente a donde tengo que estar. En toda esa marejada de emociones, el recuerdo palpitante del aniversario me sigue despacito, recordándome precisamente, quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

 

Un día, hace un par de meses, soñé que volvía y sus paredes eran naranjas. Al día siguiente me vi a mí misma, recortando camino y llegando justo a su esquina: Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero. Ahí estaba; en su balcón desconocí nuestras historias y a través de sus ventanas pude esbozar unas paredes naranjas. Algunas semanas después, pasé por enfrente, tratando de permanecer calmada y en la búsqueda de la renta de una botarga para una obra de teatro. En la puerta, abierta, se encontraba un anuncio de un nuevo restaurante. Me detuve, regresé un par de pasos, miré las escaleras, de un amarillo anaranjado que llevaban a un lugar que antes fuera negro. No pude avanzar.

 

Hoy, el anuncio de visítanos en Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero, justo atravesando este aniversario, me tiene desconcertada. Son ciclos, claros como el agua; nada es un misterio y yo sigo preguntándome si debo permanecer tranquila, desmoronarme aunque sea un poco, soltar algunas lágrimas o hacer como que está bien que el Conejo Blanco ahora sea un restaurante de sushi…

 

Sigo alimentándome de aquellas cosas que me dejara la madre coneja, sigo creciendo con lo que descubrí en ese lugar, como me descubrí en ese lugar. Hoy avanzo rápidamente hacia lo que amo, agradeciendo a la madre coneja por haberme dado la vida. Y la extraño, extraño Gutemberg 8, casi esquina con Clavijero.

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Atendimos al funeral de un edificio, con marcha fúnebre incluida. Un edificio color durazno que naciera de un grupo de mentes locas; la primera que lo compartió con la segunda, la tercera y la cuarta. Lloramos su muerte y agradecimos su sacrificio para que se convirtiera en un escritorio y luego en una caja, justo como comenzó.

 

Fue el primer funeral de nosotros, hubiéramos querido que fuera el último. Tres meses después nos encontramos en el segundo, un funeral con frutas; pequeñas mandarinas recolectadas del jardín de nuestra madriguera. Era el funeral de una abeja que cayera al interior de nuestra locura, cuando nos quedamos atrapados, tal cual como decía la canción, como conejos contemplando la lluvia caer; y sí nos divertíamos.

 

El tercero, el más doloroso, cuando tuvimos que despedirnos de la madre coneja. Yo llegué tarde a esa historia, pero significó mucho más de lo que las palabras pueden describir y su partida me dejó un enorme agujero en el alma; un agujero tan grande que aún no he podido enmendar. Con ese funeral se rompieron muchas cosas, muchas más de las que las palabras pueden describir.

 

El cuarto, resultado del tercero, nos llevó a tratar de enmendar las roturas y las ausencias con la imperiosa necesidad de permanecer juntos, buscando el pegamento a como diera lugar. Logramos aguantar medio año, con los recortitos de lo que fuéramos cuando naciera ciudad cartón.

 

El quinto, el más reciente, no tuvo frutas, ni flores; ni marcha fúnebre, ni palabras; no tuvo una despedida y fue un funeral que se escondiera detrás de otros problemas, de otros logros. Nos costó mucho trabajo reponernos y no creo que hayamos recuperado lo que se perdió entre tanta muerte simbólica.

 

Hoy llueve, llueve fuerte; llueve y duele. Cada uno de nosotros partió hacia el camino que lo llamó más enérgicamente; esos caminos tan distintos, tan lejanos, aún conservan un pedacito de nosotros, de lo que fuimos. Nos extraño. Los desayunos poco convencionales resultado de nuestro significado de ser adultos. Los tacos de queso con aguacate y la crema de avellanas; los desvelos y las incontables risas; los títeres que fueran la constante, la clavadez que nos identificara; todas esas cosas que nos hicieron tan nosotros y que hoy hacen falta entre tanta lluvia y chicharras, tan lejos de la madriguera. Hoy sólo llueve.

 

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