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Me queda claro que el lugar donde sucedieron cosas importantes no es esas cosas importantes. Antes de entrar en uno de esos trances crípticos, me explicaré.

El sábado desperté con la certeza de cerrar un ciclo, de los muchos que tengo que cerrar, y decidí ir a comer al lugar de sushi que habita lo que antes fuera el Conejo Blanco.
Y es que el viernes había terminado de tomar una decisión, de esas que lo cambian todo, lo ponen a uno de cabeza y remueven todas las emociones.
También tenía la certeza de que era un cierre que tenía que hacer acompañada, por lo que fui con la única persona que estaba en la misma ciudad y que sabía exactamente lo que eso significaba: Jorge.
Llegamos a Gutemberg 8 y unos pasos antes comencé a sentir mi corazón agitarse y cruce la puerta azul nuevamente; esta vez se sintió distinto.
Me recibieron unas paredes claras y unas escaleras impecables, que el Conejo dejó de tener en sus últimas semanas. Al llegar a la cima pude ver todo lo que había cambiado: no había gradas, ni baño en la parte de arriba; los camerinos eran una mezcla entre cuarto para empleados y cocina… el espejo seguía ahí; la bodega seguía siendo bodega; el espacio donde inflé un colchón que se negaba a permanecer inflado era completamente la cocina; los baños, baños y el escenario seguía ahí. En el techo quedaban algunos de los tubos donde trepáramos como changos para colocar las luces de teatro.
Subí más escaleras, otras que barriera y trapeara tantas veces. En el departamento donde empacara millones de calcetines sin pareja, estaba ahora una tienda de cosas ñoñas donde me compré unos aretes de troopers. El lugar se sentía distinto, más pequeño, limpio. La chica que esperaba atenta en el mostrador nos miraba extrañada. Le explicábamos que estábamos volviendo por primera vez desde que nos despedimos de ese lugar, que antes era un teatro, que era de nuestros amigos, que vivimos muchas cosas ahí.
Tomamos una mesa en proscenio, miramos a nuestro alrededor; el escenario aún tenía pequeños pedazos de gaffer, algunos de los cuales yo pegué en su momento. Entre los millones de agujeros de tornillos pude reconocer aquellos que alguna vez llené de cera en un rato de ocio. También reconocí ese fragmento donde lloviera para nuestro comercial y cuya madera se hinchara por el agua que se colaba sin misericordia del contenedor que no estaba diseñado para eso.
Ese escenario donde lo viví todo ahora sostenía mesas. En la cabina estaba una tele con videos musicales japoneses. En los vitroblocks quedaba la huella de la cinta canela usada para pegar el cartoncillo negro que oscurecía el teatro. En el balcón había plantas, otras plantas que regaban otras personas. Unas paredes blancas que reflejaban toda la luz que nunca se reflejó en el Conejo, nos rodeaban y acompañaban de una forma que no lo habían hecho antes.
Era exactamente el mismo espacio, tan nuestro, tan ajeno. Recordaba lo mucho que extrañaba la orilla del escenario para descansar la espalda. Y donde comí muchas veces, comía de nuevo, diferente.
Lo que ahí pasó sigue en nosotros, en nuestros corazones. El espacio no define eso, pero sí guarda nuestra energía que probablemente se irá deslavando entre los otakus.
Ya lo dije antes, yo llegué tarde a esa historia, pero la hice tan mía como podía serlo.
Cuando nos íbamos sentí el impulso de despedirme del escenario como lo hice desde la primera vez que lo pisé, un 17 de diciembre, y todas las veces que le siguieron. No lo hice… En su lugar dejé una propina para la amable mesera que nos atendió y salimos de ahí, como tantas y tantas veces, pero diferente.
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