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Atendimos al funeral de un edificio, con marcha fúnebre incluida. Un edificio color durazno que naciera de un grupo de mentes locas; la primera que lo compartió con la segunda, la tercera y la cuarta. Lloramos su muerte y agradecimos su sacrificio para que se convirtiera en un escritorio y luego en una caja, justo como comenzó.

 

Fue el primer funeral de nosotros, hubiéramos querido que fuera el último. Tres meses después nos encontramos en el segundo, un funeral con frutas; pequeñas mandarinas recolectadas del jardín de nuestra madriguera. Era el funeral de una abeja que cayera al interior de nuestra locura, cuando nos quedamos atrapados, tal cual como decía la canción, como conejos contemplando la lluvia caer; y sí nos divertíamos.

 

El tercero, el más doloroso, cuando tuvimos que despedirnos de la madre coneja. Yo llegué tarde a esa historia, pero significó mucho más de lo que las palabras pueden describir y su partida me dejó un enorme agujero en el alma; un agujero tan grande que aún no he podido enmendar. Con ese funeral se rompieron muchas cosas, muchas más de las que las palabras pueden describir.

 

El cuarto, resultado del tercero, nos llevó a tratar de enmendar las roturas y las ausencias con la imperiosa necesidad de permanecer juntos, buscando el pegamento a como diera lugar. Logramos aguantar medio año, con los recortitos de lo que fuéramos cuando naciera ciudad cartón.

 

El quinto, el más reciente, no tuvo frutas, ni flores; ni marcha fúnebre, ni palabras; no tuvo una despedida y fue un funeral que se escondiera detrás de otros problemas, de otros logros. Nos costó mucho trabajo reponernos y no creo que hayamos recuperado lo que se perdió entre tanta muerte simbólica.

 

Hoy llueve, llueve fuerte; llueve y duele. Cada uno de nosotros partió hacia el camino que lo llamó más enérgicamente; esos caminos tan distintos, tan lejanos, aún conservan un pedacito de nosotros, de lo que fuimos. Nos extraño. Los desayunos poco convencionales resultado de nuestro significado de ser adultos. Los tacos de queso con aguacate y la crema de avellanas; los desvelos y las incontables risas; los títeres que fueran la constante, la clavadez que nos identificara; todas esas cosas que nos hicieron tan nosotros y que hoy hacen falta entre tanta lluvia y chicharras, tan lejos de la madriguera. Hoy sólo llueve.

 

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