Mientras descubro uno a uno los moretones y cortaduras en mi cuerpo, me voy dando cuenta de lo que fui sobrellevando sin darme cuenta a lo largo de casi dos semanas.

La empresa sonaba sencilla: Construir 7 sets para grabar 14 escenas que formarían un comercial de aproximadamente 30 segundos para promocionar el Centro de Lenguas de Fundación UNAM Morelos. Teníamos 4 días para compras y construcción y 2 días de filmación, parecía muy alcanzable.

Conforme fueron pasando los días y la construcción no parecía avanzar al paso al que deseábamos, el plan fue cambiando y el tiempo se fue extendiendo ante nuestras manos, nuestros ojos, ante la edificación de un proyecto que nos emocionaba quizá tanto como nos asustaba.

Aprendimos que todo lo que sabíamos respecto a la perspectiva estaba mal, descubrimos que nuestras habilidades, todas ellas, se conjugaban en un solo proyecto, nos conocimos, nos reímos y hasta lloramos juntos.

En lo personal, puedo afirmar que todo lo que había aprendido hasta ese momento, había sido una preparación para llegar a este proyecto. Que todo lo que había hecho me había enseñado algo que me iba a servir. Recordé mi infancia, durmiendo detrás de un amplificador o viendo como mi padre construía un enorme barco de papel. Regresé al Cedart, con todas y cada una de las clases que me dejaron una pequeña enseñanza para aplicar. Dar clases, el call center, todo, TODO.

11 días en los que vivimos, respiramos y soñamos el proyecto. Noches en vela, pocas horas de sueño, fatiga y heridas que nos acompañaron a cada momento. Si bien teníamos la imperiosa necesidad de terminar (por una parte por un deadline y por otra por orgullo), todos disfrutamos cada segundo de este encierro casi poético en el que nos metimos por voluntad propia.

A lo largo del proceso nos acompañaron mágicos amigos que aportaron sus conocimientos y nos regalaron su presencia para hacer esto posible. A dos semanas de haber comenzado, seguimos aquí, los tres mosqueteros, en una necesidad de seguir juntos, alejándonos de una realidad hostil.

Porque cuando tuvimos que regresar a la vida cotidiana, resultó ser un lugar sin sentido, con horarios que no comprendemos, donde las necesidades de los demás se alejan tanto de las nuestras. Cuando llegó el momento de convivir con otros seres humanos que no habían estado en el proceso, notamos que vibrábamos en una frecuencia diferente y que nuestro búnker seguía siendo el mejor lugar de planeta para funcionar.

Dentro de todo este proceso, descubrí lo que era realmente trabajar con dos magos maravillosos que me han enseñado tanto de tantas cosas, tanto de mí misma. Me dejaron entrar de lleno a su mundo, jugar con sus juguetes, aportar, crear, hacer magia. La vida lo pone a uno donde tiene que estar, con quien tiene que estar.

Supongo que no podemos quedarnos para siempre en el encierro y que tendremos que aprender a lidiar con la vida afuera, la vida real. También supongo que siempre que lo necesitemos podremos buscar un rincón para regresar a esa calma, esa lejanía de aquella realidad que no nos comprende.

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