Chained

Cuando tenía unos 15 años (hace básicamente 15 años), me sabía de memoria los teléfonos de todos mis amigos. Tenía además una bonita agenda tamaño tarjeta de presentación, magnética, donde les pedía a todos que anotaran, con su propia letra, su teléfono. Aunque esa todavía existe, la conservo más por el valor sentimental que por los datos, que hace ya varios años dejaron de ser correctos.

En esa época no usábamos celulares, cuando quedábamos de vernos simplemente teníamos que confiar en que el otro llegaría y había cierto tiempo en el cual podíamos esperar antes de dar por abortada la misión. Si ibas tarde, la angustia te recorría durante todo tu trayecto sabiendo que no había forma de avisarle al otro. A veces, cuando te quedabas de ver en casa de alguien, podías marcar, pero si era en la calle, ni modo, o te esperaban o se iban.

Eran otros tiempos (aunque suene como discurso de abuelita), pero la verdad es que había un contrato social al momento de hacer una cita. Había quienes siempre llegaban tarde y uno se acostumbraba a ello, sabiendo que debía esperar más de lo que la cortesía dictaba. También estaban quienes nunca fallaban y la presión terrible de no quedar mal estaba del lado de uno.

Así pues, poco a poco nos fuimos haciendo de estos maravillosos teléfonos portátiles, conforme todos íbamos teniendo uno, las citas se volvieron más informales, llegando al punto en que uno puede cancelar exactamente a la hora de la reunión con un simple mensaje. Además, se vuelve uno adicto a estar comunicado, con la llegada de los teléfonos inteligentes, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea nos hacen, de alguna forma, la vida un poco más fácil. A la vez, yo creo que nos han ido quitando esos contratos sociales que formábamos al hacer una cita.

Tenemos la necesidad de estar en absoluto control y contacto con toda la gente que nos rodea, o por lo menos con los más importantes. En casa, la comunicación vía celular es una parte esencial del funcionamiento de nuestro hogar, pues somos muchos y es una casa grande. Incluso cuando estamos todos, no siempre estamos en la misma habitación y un mensaje para dar de comer a las perritas o acerca de la organización en la cena puede ser una excelente solución para todos.

Entonces, pasa que estamos pegados a esas cochinadas 24/7, ya no podemos estar sin nuestros teléfonos “inteligentes” y dejamos de convivir en el mundo real por estar en la virtualidad de la comunicación, que si bien es una excelente herramienta, nos va deshumanizando de a poco (o de a mucho).

Así, el día de hoy me encuentro alejada de mi teléfono, de ese bendito aparato al que he estado pegada desde hace ya unos 3 años más o menos. La aventura tiene su gracia, todo comenzó cuando creí perderlo minutos antes de empezar la función y todo mundo se preocupó por él. Apareció para finalmente quedarse en el automóvil de un amigo después de la reunión de cierre de temporada. Cayó en silencio de mi bolsa y me di cuenta cuando era demasiado tarde, además de que por regla general está en silencio o vibración. Al mismo tiempo, dicho amigo dejó el cargador de su computadora en mi casa. Esto podría no ser tan grave, de no ser porque la forma que tenemos de comunicarnos es a través, precisamente, de las redes sociales, y las herramientas que cada uno usa, las tenía el otro.

Por si esto fuera poco, tenía que coordinar la recepción y entrega de dos bellos gatos, sin tener los teléfonos de los involucrados. Me di cuenta que no me sé casi ningún número de teléfono, que si recuerdo el mío es porque vamos, uno tiene que saberlo. Creo que el de mis padres está en mi memoria porque se parecen (los teléfonos, no mi madre y mi padre) y porque en algún momento, cuando no tenía celular, me hice a la tarea de aprenderlos.

En un intento desesperado de comunicación, rescaté una Blackberry viejita que estaba guardada en un cajón, sin pila, desconfigurada y con los rastros de todas las relaciones que vio pasar el dichoso aparato. Borré todo y al final salió peor, ahora tengo un bonito despertador donde puedo jugar sudoku e ingresar a las versiones más austeras de las páginas de internet, sin poder descargar aplicaciones y donde además, no puedo recibir llamadas ni mensajes…

Supongo que es una forma de despertar, una más que se suma a la larga lista de los cambios que he estado haciendo en mi vida. Si no estoy dispuesta a ser esclava de nadie, ¿por qué ser esclava de la tecnología? o de mi propio celular.

Me dedico a escribir contenidos para internet, de eso me gano la vida. No puedo aislarme completamente ni borrar mi cuenta de Facebook, eso sería hasta contraproducente. Estoy a punto de entrar a estudiar una carrera en línea para ser periodista digital. Así que no, no puedo largarme por completo, debo mantener un pie en el mundo virtual, pero si puedo dejar al aparato de lado mientras no sea necesario. Que quienes necesitan comunicarse conmigo tengan la confianza de hacerlo, por lo menos, por teléfono. No digo que todos vengan a visitarme a mi bosque, pero creo que podemos hacer un trato para humanizar más nuestras relaciones.

Así, 16 horas sin mi teléfono me han ayudado a pensar todo esto. No sé si esté bien o si tenga sentido para los demás, pero para mi es todo un aprendizaje. Si bien sé que pronto recuperaré mi teléfono, no pienso seguir trayéndolo como grillete. Tanto me costó ser libre como para esclavizarme yo sola.

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