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Llegar a casa absolutamente agotada después de una función, esa es una sensación que puede resultar adictiva y de la cual me había alejado, olvidando su exquisitez.

Hace algunos meses conocí a un grupo de teatreros increíbles, con una gran energía y un corazón abierto dispuesto a aceptarme sin dudarlo. Así comenzó una aventura que me devolvió de golpe al mundo del teatro, lleno de estrés, del bueno, del que amo.

Acostumbrada a una vida alrededor del arte, que mis cosas formen parte de la utilería es cosa tan normal como respirar. Pero en esta ocasión, la oportunidad fue un poco más allá de lo que alguna vez había hecho: Manejar las luces en función.

Llegué temprano al teatro y comenzó el rápido entrenamiento, llegaron los actores, las anotaciones, las instrucciones. Uno de mis nuevos amigos y quien se hizo cargo del diseño de las luces parecía confiado en mi potencial para solucionarlo y básicamente en menos de 5 horas hice mi mejor esfuerzo para memorizar toda la información.

La función comenzó y todo parecía haber sido borrado de mi cerebro. El pánico de no ser capaz de leer mis notas, por la poca luz y la gran histeria… Cometí errores, como era natural, pero fueron trofeos maravillosos porque le dieron una nueva vida a los ambientes que habíamos construido.

Me sentí como en el equivalente en el teatro de controladora de tráfico aéreo, hay que tener toda la atención puesta en cada detalle y un colmillo que por supuesto estoy a muchas horas de vuelo de adquirir. Pero lo amé, el pánico, el estrés, el cansancio, todo vale la pena por hacer teatro.

Después de un día largo y lleno de emociones fuertes, me encontré en una mesa llena de magníficos actores, compartiendo historias de vida y teatro. Todo lo que he vivido hasta ahora ha sido una gran preparación para lo que sigue. Siempre he pensado eso y ahora más que nunca me doy cuenta de que tenía que llegar a este punto y conocer a esta gente, justo ahora y justo así.

Agradezco enormemente el haber conocido a esta bola de locos como yo y las maravillosas oportunidades que me han dado, permitiéndome entrar a su mundo y poner mi granito de arena en su quehacer teatral.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan plena y dichosa, tan feliz con lo que estoy haciendo. Encontrarme cada día haciendo exactamente las cosas que amo es uno de los mejores regalos de la vida. Jorge, Juan y Citlal, gracias infinitas por dejarme entrar a sus vidas y formar parte de su realidad. Aprendo cada día, sonrío cada día. No puedo más que decir gracias.

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