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La primera vez que fui a un concierto de Café Tacvba fue en 1999, cuando se presentaron gratis en el Zócalo de la Ciudad de México y mis compañeros y yo convencimos a nuestro maestro de música de que nos mandara de tarea… y aceptó.

Fue mi primer concierto de rock y desde ese momento me enamoré de la sensación. Al año siguiente llegó mi primer Vive Latino, al cual asistí en total en 8 ocasiones. Pero volvamos a Café Tacvba.

Entre sus apariciones en el Vive Latino, sus presentaciones gratis en el Zócalo y las 3 maravillosas ocasiones en que he podido ir a verlos en vivo, a ellos solos, he coleccionado una buen cantidad de gratos recuerdos. Recuerdo haber amado el Popurock, cuando lo cantaron de sorpresa en un Vive Latino y todas las bandas involucradas habían participado en aquel festival. Recuerdo haber gritado hasta el cansancio para obtener un Encore de 8 canciones, pero lo que más recuerdo es la maravillosa sensación que tenía al salir de cada uno de sus conciertos y presentaciones; anoche no fue la excepción.

Para abrir las 7 increíbles fechas de lleno total en el Auditorio Nacional, los Tacvbos nos regalaron una noche inolvidable. Si tienes TOC, Asperger o Autismo, el concierto estaba deliciosamente ordenado para escuchar el Re en el orden en el que debe de ir: exactamente como viene en el disco. Es quizá la primera vez que voy a un concierto (de rock) en donde sé exactamente qué canción sigue y la espero con ansias.

No sé si puedo pronunciar que mis acompañantes y yo somos los más grandes fans de Café Tacvba, pero una cosa es segura, el Re nos lo sabemos de pies a cabeza con una precisión casi envidiable. Al parecer este no era el caso de la mayoría de la gente a nuestro alrededor, quienes nos veían asombrados porque con cada una de las canciones brincábamos, gritábamos, bailábamos y aplaudíamos, sin dejar de cantar ni una sola palabra (ni siquiera y bailando caballito con la banda cafecitos, cómo no lo va a lograr, que aunque no nos sale siempre, intentamos cantar).

El promedio de edad del público era bastante lógico y natural: de 30 para arriba. Y es que cuando fueron sus 20 años, el Foro Sol estaba lleno de chamacos que se sorprendían con canciones que en su (corta) vida habían escuchado, provenientes de sus primeros discos o de los menos conocidos. Y el año pasado el Palacio de los Deportes quedó en un incómodo silencio cuando tocaron 6 rolitas del Revés/Yo soy.

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Un detalle que llamó mi atención fue el hecho de que entre los asistentes podíamos ver parejas con sus hijos que iban de entre los 6 y los 15 años, con sus gorritos de Gallo Gas, súper prendidos y listos para la acción. Lo había visto ocurrir en otros conciertos pero en este fue mucho más evidente.

Si bien el año pasado pude encontrar un concierto muy maduro, creo que ahora los maduros éramos nosotros y Rubén se dedicó a disfrutar cada instante de nuestra presencia. A lo largo de la noche soltó varias carcajadas acompañándonos en el maravilloso malentendido que es un concierto de semejante calibre. Quizá el momento cumbre de la noche fue cuando (anunciada y esperada) llegó El Baile y el Salón, aunque algunos que se notaban poco conocedores, la pidieron un poco antes de lo que iba y los que nos sabemos el disco como autistas dijimos ¡Todavía no va!. Todos y cada uno de los asistentes al concierto, junto con los integrantes del grupo, participamos en un orgasmo musical colectivo cantando Paparupapa eu eo, la mayor cantidad de veces seguidas que he tenido oportunidad de corear su grito de guerra, con la compañía de la banda.

Momentos deliciosos como ver a Rubén bailar 24 horas, compartiéndonos su energía y felicidad. El ya famoso momento de Déjate caer donde nos regalan un baile maravilloso o los otros momentos autistas como cuando cantaron La Negrita completa y yo pude corear la parte del fade-out porque siempre le subía el volumen para aprendérmela, o cuando cantaron El Balcón y a nuestro alrededor nadie más se sabía la letra con la misma precisión que nosotros.

Tampoco se trata de que mi reseña sea un alarde de mis conocimientos casi enciclopédicos del Re, pero fueron esos detalles los que hicieron de esta noche algo inolvidable. Quizá al compartir las experiencias con otros asistentes, podamos encontrar coincidencias en la vivencia.

Cuando llegó la hora de las complacencias, un Auditorio Nacional a reventar pedía sus canciones favoritas. Rubén nos dijo Si ven que el de a lado está gritando una rola diferente, únanse a su grito, así son más y podemos entendernos, porque yo ya estoy sordo ¡y no entiendo un carajo! Eso hicimos y conseguimos lo que queríamos, aunque mencionó que Las Batallas no la traían montada.

Lo único que yo cambiaría, sería la falta de Encore. El año pasado Rubén cantó dos canciones en calcetines, después de haber regalado sus Panam amarillos (de los que todavía no tengo un ejemplar). En cada concierto sabemos que podemos contar con una respuesta favorable al clásico coro de Otra, otra, pero esta no fue la ocasión. Nos dijeron adiós y lo cumplieron. Quizá sea que me mal acostumbraron a conciertos de 3 horas o 3 horas y media, (aunque dadas las condiciones en las que me encuentro en este momento dudo haber podido aguantar más de las 2 horas que duró este) pero me faltó por lo menos un regalito de despedida para cerrar tan monumental experiencia llena de detalles fantásticos que quedarán en mi memoria.

Espero con ansia la siguiente gira de uno de los grupos de rock mexicano más significativos de la historia. Mientras a descansar y reponer fuerzas porque un concierto en martes, dentro de una semana laboral que terminará en domingo, definitivamente va a provocar que se requiera mucho valor y fuerza para llegar al final de la semana.

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