Escribir y dar clases. Son mis dos pasiones adoradas de la vida. No son las únicas, tengo muchas, eso de heredar el gen multidisciplinario de papá hace que mi mente y corazón se dividan en demasiados pedacitos que conforman un todo de mi felicidad.

Tan sólo en esta semana he hecho tantas y tantas cosas, con esos dos ejes. Después de enfrentarme a una depresión que parecía no tener fin, el verme realizada en esas dos pasiones, me ha levantado mucho mejor y más rápido que cualquier otro antidepresivo que haya probado.

Cada día me siento orgullosa de mí misma, los avances y logros que llegan todos los días me hacen darme cuenta que de verdad soy buena en lo que hago, en todo lo que hago. El lunes empecé siendo maestra de inglés, seguí dando clases de teatro y música, montando una obra y llegando a casa a escribir artículos para mi otro trabajo. La semana siguió avanzando y descubrí que me publicaron en noticiasMVS, lo cual me hizo hincharme de alegría ante semejante logro.

También les enseñé cosas nuevas a mis alumnos y me dijeron que disfrutan mucho las clases conmigo. Tengo la confianza de mis jefes, con quienes dejé la puerta abierta hace dos años, que me fui a buscar una suerte que aunque no encontré, me llevó a lo que soy ahora. Cerré la semana como costurera y educadora, haciendo un proyecto educativo para la escuela que mejorará el desempeño tanto de las maestras como de la escuela y los alumnos.

Un amigo compartió su novela conmigo para que le diera su opinión. Me siento un poco celosa porque mi novela está en pausa entre tanto trabajo, además me preocupa no tener el tiempo de atender su proyecto, ya no digamos el mío. Pero es una motivación más para seguir adelante aunque me vuelva loca.

Llegó la oportunidad de cerrar un ciclo en mi educación para empezar otro que me tendrá mucho, mucho más ocupada. Y me emociona, estoy más que feliz de poder hacer todo lo que hago y de no tener tiempo ni para procrastinar.

Me queda la reflexión de que hace dos años, cuando me fui a buscar suerte en otros ámbitos, me dijeron muy firmemente que nunca podría dedicarme a escribir, que eso no me daría de comer y muchas otras cosas que vale la pena olvidar. También me dijeron que dar clases no es lo mío, que estaba estancada y no tenía forma de progresar en mi tan amada ciudad.

Resulta que me dedico a escribir, me da de comer y lo hago tan excelentemente que mi trabajo es reconocido no sólo por mis jefes, sino por otras instancias dedicadas a publicar artículos de calidad. Además resulta que mis jefes del colegio me ofrecieron dar clases de inglés, un significativo progreso en todos los aspectos y dejando también en claro que sé lo que estoy haciendo y todos los años que llevo dando clases me han hecho buena en ello.

Dos reconocimientos que me hacen decirme a mí misma “Pues si sí soy una chingona”. Porque a veces se me olvida que a mis casi 30 años, sí lo soy. Y que los demás digan lo que quieran. Nunca nadie más me dirá que no puedo hacer algo.

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