Silvio 1

No recuerdo haber deseado un poni en mi infancia, quizá mi padre pueda desmentirme. Durante algún tiempo desee tener un perro, tampoco fue con demasiado ahínco. Finalmente mi primera mascota llegó cuando tenía 11 años, un perro callejero, adulto, el campeón del barrio. Vivía en la casa a la que llegamos, al parecer él iba y venía, nuestro arribo cambió su vida completamente. De ser un perro flaco y peleonero se transformó en una magnífica mascota, tengo el orgullo de haberlo domado.

Se veía que ya tenía unos 8 años, aprendió a sentarse y dar la pata. Le tenía un pavor hilarante al agua y la lluvia, eso se le quitó con mi segunda mascota, una perrita que rescaté de la basura, recién nacida y a la que también saqué adelante como buena madre. Me levantaba a darle leche con una jeringa, también aprendió a sentarse y dar la pata, pero era un demonio de tazmania aficionado a desenterrar los árboles, hecho que desquiciaba a mi padre y le costó su estancia.

Llegó el tercero de nuestros rescates, un perro simpatiquísimo y besucón que dedicaba una hora a lamer a mi hermano de meses. Él tuvo que irse por problemas de espacio, lo llevamos a una granja, una de verdad, lo puedo constatar. Ahí corrió y fue feliz, aunque suene al cuento que nos dicen nuestros padres, en este caso fue real.

Silvio 2

Algunos años pasaron y llegó otro rescate, una gatita con muchos nombres y una personalidad adorable. Limpia y responsable, enamorada de un conejo de peluche. Se sentaba a la mesa para cenar con nosotros, tenía su plato y todo. Ella también tuvo que irse, al llegar a su nueva casa se escapó para nunca más volver.

Tendría unos 17 años cuando dejé de tener mascotas, las constantes mudanzas, la inestabilidad económica, el cambio de ciudad, no había espacio para mascotas. Cuando tenía algún tiempo en mi amada Cuernavaca llegó la imperiosa necesidad de tener un perro, con una cómplice rogamos por que se integrara a un nuevo ser a la familia. Pasaron unos 2 años de incesante petición cuando la vida nos trajo a mi amada perrita, en una jardinera del banco, muerta de hambre, de miedo, sucia a más no poder.

Esta compañera fue enormemente disfrutada, al principio el espacio no era el ideal, ni para ella ni para nosotros. Gracias a ello aprendió a brincar cual delfín para saltar la ventana y entrar a la casa. La domamos, brincona, amorosa, fiel, leal, mi amada perrita. Una nueva casa trajo un gran jardín donde pegaba tales carreras que hizo su propio camino entre el pasto y la tierra. Ella tenía su sarape y dormía afuera, un día de lluvia con un jardín anegado le permitimos entrar a casa. Con los días se fue ganando un lugar en mi cuarto, con ella aprendí las delicias maravillosas de que tu perro duerma en tu cama.

Muy bien portada se quedaba en su rincón, cuando me fui aprendió a quitarle las cobijas a aquel que osara dormir en mi cama, por lo regular mis hermanos y mi sobrina. Mi amada compañera me brinca tanto cada que voy a verla, como alguien que ve a su hermana después de años y quizá alguna guerra de por medio, aunque haya sido una semana. La siguiente casa le trajo una compañera de andanzas, una hermosa rescatada del hambre y el frío, leal compañera de mi padre y parte inmediata de la familia.

Silvio 3

Al llegar a esta ciudad en casa vivía una gatita, fiel a su ama, compartía sus pesares y sentires. Una dama ya grande llena de mañas y si su dueña estaba enojada contigo, ella lo dejaba muy en claro. Estaba enamorada de mí, cuando llegaba del trabajo se acostaba en mis piernas, en mi cadera, en mi pecho, donde sea que se encontrara una superficie para bloquear mi visión. Yo era la primera en llegar a casa y eso hizo de nuestro lazo algo peculiar. Tuve que dejarla atrás cuando me fui de esa casa, como dolió. Cuando iba de visita me saludaba como si nos viéramos diario, me atrevo a pensar que existía cariño entre nosotras.

Así, casi un año después llegó mi más reciente adquisición, un extraño gato que abordó nuestras vidas después de mucho pedirlo y a su vez, por sorpresa. Sus primeros dos días fueron extraños, sin el mobiliario adecuado para su presencia tuvimos que ingeniárnosla para hacerle un espacio de comida y necesidades propias del mundo gatuno. Pero todo cambió cuando mi hermano se accidentó, pasábamos todo el día en el hospital cubriendo las guardias y lejos de casa. Logramos armar los horarios para venir a alimentar a las mascotas, porque cabe aclarar que cuando me integré a este departamento venía con un cuyo, el amor de mi hermano.

Preocupados temíamos el momento en que el cuyo se diera cuenta del enorme felino que habitaba entre nosotros y que el gato descubriera al grandísimo roedor que estaba en su nuevo hogar. Nos fuimos acoplando al gato y él a nosotros y a la casa. Descubrió mágicos espacios donde esconderse, fanático de los túneles logrados en una casa que nunca fue pensada para que un gato la habitara. Finalmente forjó una amistad con el cuyo, metiéndose a su pecera de vez en cuando para dormir una siesta, claro que el cuyo tenía bien claro que eso era un enorme felino, aunque el felino no se percatara de la realidad. Nadie le enseñó que los roedores se comen, bendito Dios.

Silvio 4

Desde hace muchos años me acoplé a la mala costumbre de comer en la cama, pero llega un gato y eso se vuelve punto menos que imposible. Todo es un juguete, todo es emocionante y hay que treparlo, sea la bicicleta, la ropa tendida, la cama, los muebles, los posters, las paredes. Hay que adaptarse. Mi cama se vuelve nuevamente compartida, excepto cuando decide trepar por ahí y nos pega cada susto a la mitad de la noche.

Otra costumbre que comulga con la comida en la cama es el trabajo que me inunda de felicidad, escribir. Cuando uno tiene un gato siempre debe tener las manos libres para acariciarlo, el sujeto buscará por todos los medios posibles la forma de dejarnos en claro ese punto.  Poco a poco la vida con un gato va haciendo de la casa un lugar para él, más que para uno. Todo cambia, por una parte uno busca que esa mascota tan amada tenga los espacios y juegos que lo hagan feliz, todo aquello que uno ignora es arreglado por el gato, que se encarga de hacerlo funcionar.

De todas las mascotas que vivieron y formaron parte de mi vida, a quien vivo más intensamente es a mi gato. Con una personalidad diferente, fotogénico a más no poder y bastante temperamental cuando de cenar se trata. Le gusta inspeccionar lo que he comido olfateando mi boca de vez en cuando, si es demasiado tarde y no ha desayunado, se encarga de despertarme para conseguir su alimento. Rudo a la hora de jugar, encantador a la hora de dormir.

Sus inventos y peripecias hacen de cada día un lugar más alegre. Ya sea al quedarse atorado en una chamarra o al exigir su alimento al humano correspondiente. Las cacerías de moscas, semillas de fruta o su pelota resultan en un instante irrepetible de torpeza gatuna, deliciosa torpeza gatuna. Sin duda tener mascotas es una bendición, porque lo bueno siempre, siempre le gana a lo malo.

Anuncios