Cuando me preguntan ¿de dónde viene mi lado artístico? no me queda la menor duda que es de mi padre, pero va más allá. Mi hermano y yo crecimos con el arte brotando de las paredes, las sábanas y los biberones, en casa había libros en todas las paredes y guitarras debajo de todos los muebles. A mi casa iban una cantidad enorme de personajes increíbles que recitaban sus poemas, cantaban sus canciones y armaban tertulias maravillosas que yo escuchaba, al principio, desde mi pequeña cama.

Conforme fuimos creciendo nos tocó acompañar a papá a los ensayos de sus grupos, a las grabaciones de discos o videos musicales, cabinas de radio, a los camerinos de las obras de teatro y hasta a los estudios de televisión. Ahí aprendimos a dormir detrás de los amplificadores y con toda la calma del mundo aunque hubiera una batería a todo lo que da.

Mi primera aparición televisiva fue en el programa Kolitas, a los pocos meses de edad, tendría yo un año o menos cuando vino mi participación en un cuento donde todo lo que tenía que hacer era contestar el teléfono con un tierno “¿menoooo?”. Y seguíamos creciendo, yo, la nena de papá, lo acompañaba a todos lados, en su programa de radio dije mis primeras palabras al aire “Papá, quiero hacer pipí”. Yo era muy tranquila y sabía estar calladita, estaba sentada en las piernas de papá durante todo el programa.

Toda esa bola de locos, amigos de mi padre me vieron crecer y eran parte de mi cotidiano. Tendría yo unos 8 años cuando una noche tranquila llegó el olor de una deliciosa cena que preparaba mi padre, me desperté y fui con él. Ahí inició la tradición de cenar tarde y con papá, cosa que se fue extendiendo a esas mágicas cenas llenas de actores, cantantes, músicos de todos los estilos, pintores, escultores, locos artistas que llenaban de risas la casa.

A los 12 años vivíamos en una casa a donde iban a ensayar unos muchachos que tenían un grupo, de esos noventeros de chavos que cantan y bailan. Fue en ese momento en que me di cuenta de que yo quería hacer esas cosas, yo quería cantar y bailar y actuar y tener cenas con mis locos amigos artistas, porque eso era lo normal. Entré entonces al Cedart, los mejores 7 años de mi vida que me adentraron en la música de otra forma más teórica, que me llenaron de danza y teatro, literatura y hasta artes plásticas, que definitivamente no son mi fuerte, pero ahí andaba yo.

Fue en ese lugar que conocí a mis locos amigos artistas con los cuales ahora hago cenas y reuniones, que mi pequeña sobrina escucha desde su cuarto y que algún día bajará a presenciar como lo hiciera yo cuando tenía su edad. No me queda la menor duda que todas esas aventuras a las que me invitara mi padre, queriendo o sin querer, me hicieron la persona que hoy soy.

Seguí los pasos de mi padre y durante 8 años nos dedicamos juntos, mano a mano, a dar clases de música, teatro y muchas otras cosas divertidas. Con ello llevamos un pedacito de ese mundo mágico que me acompañara en mi infancia, esos pequeños a los que vi crecer, ahora cantan las canciones con las que yo crecí y que me hicieron lo que soy.

Gracias a María Elena Walsh, Pepe Frank, Los hermanos Rincón, Margarita Robleda, Cántaro, Alberto Lozano, Kitzia y Gabriela, Bandula, Rolando de la Rosa, Alma Díaz Canedo, Son de la Ciudad, Patita de Perro y todos aquellos que escapan de mi memoria pero sobre todo, gracias a Ezequiel de la Parra, por hacer de mi infancia la mejor infancia del mundo.

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