La matriarca de la familia, una mujer fuerte que siempre se apegó a sus convicciones, que vivió su vida como quiso y  nunca dejó de disfrutarla, que entre muchos otros talentos, escribía.
Por cuestiones más allá de mí, nunca he tenido oportunidad de leer sus textos, están guardados celosamente en algún cajón que espero poder abrir algún día. Pero a pesar de no haber tenido ese placer, quienes lo han tenido y además han leído lo que escribo, me dicen que escribo como ella.
Mi abuela nos dejó hace tiempo, en su lugar quedaron herencias que van más allá de lo material, cada uno de sus hijos, cada uno de sus nietos lleva consigo un pedacito de mi abuela, algunos más, otros menos. A mí me gusta pensar que yo llevo su pluma, que en mí quedó el talento de la palabra y por supuesto, la responsabilidad de usarlo, amarlo y disfrutarlo.
Cuando me alejaba de la escritura, mi abuela se aparecía en sueños, siempre haciéndome saber que no debía dejarlo, quizá el sueño más intenso vino poco antes de que mi situación laboral diera un giro para bien, pues el trabajo en el que estaba me limitaba a escribir cosas sin sentido, sin valor ni significado para mi vida. Llegó entonces una maravillosa mujer, mi hermana de vida, que no sólo me sacara de ese infierno donde estaba, sino que me llevó a un lugar donde podía hacer exactamente eso que me dejó mi abuela, escribir.
Usualmente mis palabras venían por oleadas, de pronto había una temporada de escribir mucho, por obligación, por compromiso o por el simple gusto, pero la constancia de escribir todos los días me había faltado y ella no dejaba de recordármelo.
Así, a más de dos meses de sentarme todos los días a escribir un mínimo de dos cuartillas, soy una escritora feliz. Me ha dado la libertad que tanto anhelaba, me da paz en mi interior, puedo sentir a mi abuela todo el tiempo y hago que ese regalo que ella me dio, tenga un sentido, una vida propia.
A través de lo que escribo he aprendido mucho, leo, mucho, siempre, y hablo de lo que leo. Estoy en un punto entre periodista y blogger. Cada palabra que sale de mis dedos me va haciendo más y más fuerte, tengo un ojo crítico que me ayuda a reconocer que incluso los escritos de los que he estado orgullosa, pueden mejorar.
En mí, están las ganas de revisar y mejorar lo que hay atrás, pero sobretodo, de seguir creando historias, mundos, ideas, opiniones y lo que salga, de llegar tan lejos como se pueda imaginar y de no parar nunca de hacer esto.
Desde donde quiera que esté, sé que mi abuela está orgullosa, casi la puedo sentir leyendo sobre mis hombros y revisando cada palabra que sale de mí. Y no es que haga esto por ella, lo hago gracias a ella y a este don que me obsequió y que fortaleció con su partida. Es gracias a ella y a mi constante trabajo de no quedarme estancada, que hoy estoy aquí, y por todo eso, seguiré avanzando siempre, sin detenerme, a menos que sea para poner una coma.

Anuncios