Mañana será mi cumpleaños, casi un año que dejé a mi amada Cuernavaca. Cambios, muchos cambios. Como dijera Mercedes Sosa, cambia, todo cambia.

Justo ahora me enfrento a uno de esos momentos re juertes carnal, re juertes; estoy dejando de fumar. Principalmente por mi voz, llevo ya varios meses con clases de canto particulares, un maestro maravilloso que en muy poco tiempo ha logrado sacar de mi voz cosas que no me imaginé que tenía. Y viene la oportunidad de entrar a una maravillosa escuela para lo cual hay que prepararse y parte de esa preparación es dejar a mi amado compañero de 13 años, el bendito/maldito cigarro.

La cosa está intensa, hay tantos momentos ya establecidos, casi tatuados en los que uno fuma. Cualquier fumador estará de acuerdo conmigo que con los años hay cigarros indispensables en lo cotidiano. Poco a poco desvanecerlo, la ansiedad, la abstinencia, pero ahí la llevo.

Del cumpleaños.

Hace un mes más o menos, un compañero del trabajo hizo un comentario que terminaba con “yo pienso en cuando tenga veintitantos…” y uno pensando ya en los treinta y tantos. Pues sí, ya estoy en el punto de la vida en que soy el adulto que iba a ser, con seguro social, homoclave y cuentas de banco, en plural. En las reuniones familiares ya no somos los niños, ya pasamos al lado de los papás, los tíos que se sientan en la mesa a tener conversaciones completamente aburridas para los chamacos que sólo quieren jugar.

Y así, la vida sigue, la vida avanza y no se detiene a tener consideraciones con uno. Así que a darle, a prepararse y seguir creciendo para algún día cantar a lado de Lila Downs, Eugenia León y Regina Orozco. Allá me verán. Por lo pronto a seguir tomando llamadas para pagar la papa y aguantar a los clientes que dicen C de tomar cuando uno les deletrea su contraseña de internet.

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