El día de ayer visité el supermercado, casi contra mi voluntad. Últimamente me he vuelto sumamente ermitaña para eso, pues resulta una experiencia un tanto hostil.

La entrada al supermercado, desde donde yo vengo, es a través del estacionamiento. Después de cruzarlo está la puerta que da hacia las escaleras eléctricas, ahí comienza la competencia por ver quién se sube primero.

Está también el caso de los empacadores cargando los carritos en la escalera eléctrica. Van colocandolos de diez en diez sin dejar mucho espacio para los que queremos subir. Además, en ocasiones el que tiene que recibirlos no ha llegado y es uno el que debe hacer la labor de quitar los carritos del camino para no quedar aplastado entre unos y otros.

Una vez arriba, y en caso de no haber vivido la experiencia de la escalera, la elección del carrito se basa en la ley de las ganadas. Y empieza la competencia.

Los supermercados suelen poner ofertas atractivas, promociones y demás baratas en la entrada y pasillos importantes, con la idea de provocar a los clientes, pero en éste caso resulta una conglomeración eterna desde la sección de electrónica hasta frutas y verduras, en donde la actitud general es -No existe nadie más que yo-

Ésto, hace que uno tenga que esquivar a las señoras sacando cobijas del anaquel o evitando las nalgas que se agachan a ver los productos en la parte inferior, o sortear a aquellos que fingiendo entre sorpresa y desorientación, se atraviesan enfrente de uno, bloqueando cualquier ruta de escape.

Pasando el eterno laberinto del pasillo de entrada, existe un pequeño atajo por la parte de pinturas y llantas que casi siempre está despoblado y es entonces cuando uno puede accesar a salchichonería y comida para llevar.

Cuando aquel lío de la alza en el precio de la tortilla, se veía una fila bastante larga que ocupaba todo el espacio frente a las comidas para llevar y que, a pesar de los esfuerzos de los encargados por hacerla hacia el otro lado, eventualmente volvía a tapar ese espacio.

Ya que uno consiguió estacionar su vehículo, se presentan entonces distintos retos que depende de la situación es el órden en que hay que abordarlos.

– Ubicar qué comida es la deseada.

– Obtener los envases pertinentes.

– Lograr que lo pesen, etiqueten y entreguen a la persona adecuada.

Papá fherchoso y yo hemos creado una estrategia de entrada, lo primero es adquirir el arroz y el guacamole, el segundo suele escasear ya que es sumamente codiciado. Una vez obtenidos dichos alimentos, se colocan en la barra superior, justo a lado de la persona que los pesa y etiqueta, quien los vuelve a colocar ahí y de donde uno puede tomarlos posteriormente.

Algunas veces, somos los que creamos la fila de envases en la barra, en otras, simplemente la seguimos, sin embargo, aquellos para los que resulta fácil saltar su lugar para obtener sus alimentos más rápido. Aquí, depende también de la situación es la reacción de los que esperamos nuestros envases y la persona que los empaca.

Cuando todo sale bien, se pueden dejar esperando el proceso mientras uno elige el guisado deseado. Hubo una larga temporada en la que lo único que yo comía de ahí era sushi, ya que está listo para llevar y en caso de no encontrar el que se apetece, se prepara al momento. Incluso la mujer que lo prepara, cuando me veía llegar me preguntaba -¿Ya llevó su sushi?-.

Suponiendo que uno va simplemente por la comida preparada, es el momento de cortar entre pasillos para llegar a las cajas, pero relataré otros aspectos de una visita normal al supermercado.

La clásica estrategia de cambiar el órden de los pasillos para que uno de vueltas y lleve otras cosas fuera de lo planeado, para una servidora resulta insoportable, pues no soy presa fácil de la estrategia y suelo desesperarme rápidamente. Poca resistencia a la frustración, dijo mi psicóloga.

Si sumamos esa terrible frustración con todos aquellos despistados que se dejan llevar en sus compras pensando que son los únicos seres en el planeta, uno da vueltas y vueltas sin encontrar lo que desea porque no está en el pasillo que uno recordaba, los letreros no son totalmente claros y los otros compradores bloquean el paso o la vista.

El área de salchichonería tiene su propio lenguaje, todos se aglomeran alrededor del dispensador de números, como si al estar a lado del mismo, fueran a obtener un mejor servicio.

En el caso particular del supermercado que yo visito, salchichonería cuenta con un área bastante amplia en forma circular, con suficientes máquinas para atender a toda la clientela eficientemente, pero debido a la aglomeración antes mencionada, las empleadas se ven obligadas a utilizar sólo las máquinas cercanas al dispensador de fichas.

Para los que aquí vivimos es sumamente notorio cuando los clientes viven aquí o vienen de otro lado a vacacionar o por el fin de semana. En el caso de los segundos, suele percibirse una actitud diferente y hostil, gandalla podría decirse, que redunda en malas caras por parte de los empleados. Pero para los primeros, suele ser ligeramente más amable y uno puede, por ejemplo, acercarse a las empleadas de salchichonería, por otro lado y pedirles lo que quiere, sin necesidad de empujones.

En el área de pescados y mariscos, usualmente se encuentra un sólo empleado que la mayoría de las veces no puede atender a todos, dado que se presenta un fenómeno combinado entre salchichonería y comidas preparadas. Ahí no queda más remedio que tener paciencia.

Panadería, depende mucho de la fecha, pero en lo cotidiano suele ser un servicio rápido y amable. A menos que haya ofertas especiales, es entonces cuando vale la pena no acercarse.

Finalmente están las cajas; son aproximadamente 25, pero funcionan 10 o 12. La regla de -Si hay tres o más clientes formados se abre una nueva caja- nunca se aplica. Uno tiene que cazar la que tiene menos afluencia, como usualmente se acostumbra, pero se enfrenta uno a las siguientes situaciones.

– La señora que no vió que era caja rápida y quiere que la atiendan a la de ya

– El señor que espera a su señora, la cual llegará con otro carrito atiborrado

– La chica leyendo la revista de moda, distraida y sin dejar avanzar

– Niños trepando el carrito evitando avanzar o el libre paso de los que todavía no están formados

– La familia que olvidó algo y mandaron al niño, mientras hay que esperar pues no pueden empezar a cobrarnos o terminar de cobrarles

Los anteriores, ocasionados principalmente, por gente que no vive aquí.

– Cortes de caja

– Cajeras nuevas

– Cancelaciones

Y ya que se logró esquivar éstos obstáculos, el eterno pleito entre empacadores por las bolsas de plástico. Que ocasionaba que no hubiera empacador o no tuviera bolsas con asa y empacara todo en bolsas de frutas y verduras, asumiendo que uno tiene auto y no importa. Ahora es más sencillo pues uno lleva su bolsa y no hay mayor problema.

Pareciera que ahí termina la experiencia, pero todavía queda recorrer todo el pasillo frente a las cajas para volver a la entrada. Todo ésto, maniobrando con el carrito a los clientes despistados, empacadores y demás empleados. Regresando a la escalera, perfectamente mal planeada, teniendo que tomar turnos entre los que llegan y los que se van.

Después de repetir -Ya quiero llegar a mi casa, ya quiero llegar a mi casa- desde salchichonería, por fin puede dejar el carrito, tomar sus bolsas y regresar a casa pensando en por qué no repite la experiencia supermercado más seguido.

Anuncios