Anoche, a eso de las 11:30pm, me llegó la noticia de que el día de hoy se suspenderían las clases en todo el Distrito Federal y Área metropolitana, debido a una epidemia de influenza. Como mi querida ciudad no forma parte de semejante decreto presidencial, lo único que me quedaba era avisar a todos mis familiares, amigos y conocidos que habitan la Ciudad de la Esperanza.

Hoy me entero que la dichosa influenza es porcina. El asunto parece ser sumamente grave porque (aunque las estadísticas varían) se cuentan entre 10 y 60 muertes en adultos jóvenes debido a ésta epidemia. Lo que no dicen y por más que intento investigar no encuentro, es ¿cómo fué que ocurrió todo ésto?.

Se habla de una mutación del virus que se dio primero en unos cerdos y que después fué contagiada a los humanos, pero no han explicado si se transmite a los humanos por convivencia con dichos animales o por la ingesta de la carne de los mismos. Yo por mi parte, he decidido no comer cerdo hasta que me aclaren y también decidí no convivir con cerdos, pero eso es más sencillo, no tengo ninguno y a mi alrededor tampoco los hay.

También parece ser que en Chilangolandia hay una histeria colectiva como tan bien se les sabe dar por allá y que encontramos deliciosamente relatada aquí.

Ya me imagino a las señoras corriendo a comprar cubrebocas, tal como lo hacían cuando el popo arrojaba cenizas y humo y demás. Nos hacían llevar todo el santo día un cubrebocas con un pañuelo húmedo para evitar daño a nuestros pulmones. Sabía espantoso, se sentía espantoso y traumatizaba niños que a la menor provocación retirábamos todo para correr y gritar felizmente.

Esperemos que logre controlarse el asunto y que también logren abastecer las vacunas necesarias, pues como siempre ha sido, no hay suficientes para toda la población, por lo mismo mejor que nadie vaya a la escuela y nomás contagien a sus familiares y vecinos, en vez de a toda la población de su escuela.

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