Haciendo honor a todas aquellas historias de llaves olvidadas de la humanidad, y en continuidad con la de tía fherchosa, traigo una historia contada por dos personas. Cada uno tiene su versión, se las dejo para que lo disfruten.

Las llaves (primera versión)

Si, yo sé que perder u olvidar las llaves no es una experiencia ni divertida ni entretenida, pero admitámoslo, a veces, en algunas raras ocasiones, si lo es. Y si pasas por momentos en los que desearías matar a alguien para desquitarte de tu mala suerte, por lo menos te quedan anécdotas estupendas que vale la pena contar y con las cuales no puedes evitar reír, o al menos los demás no pueden.

¿Qué? ¿Quieres un ejemplo? Humo… Veamos… Recuerdo una ocasión en que olvide mis llaves y fue toda una experiencia: Todo pasó hace algunos años, me encontraba rentando una pequeña habitación en una casa; el lugar me lo recomendó un amigo por que los dueños eran personas muy agradables, o al menos sus hijos lo eran, porque los dueños se encontraban de viaje y nunca los conocí, así que todos mis tratos fueron con los hijos; entonces, por aquella época vivían en la casa… ¿Qué? ¿Por qué simplemente no te cuento la historia de las llaves? A eso voy, pero en esta historia todos los personajes juegan un papel importante, así que permíteme presentarlos.

¿En qué estaba? Cierto… por aquella época vivían en la casa: los hijos de los dueños, de los cuales uno era un chico de aproximadamente mi edad, y la otra era una chica algunos años mayor, vivía con su esposo y su hijo de unos seis años aproximadamente. También estaba yo, desde luego, y otra chica que rentaba la habitación contigua a la mía, madre soltera, con un bebé de poco menos de un año, ella por cierto mantenía una “amistad” muy cercana con el hijo de los dueños.

Una vez presentados todos los personajes, pasemos directamente a los hechos:

Un día como cualquier otro, en el que llegué a casa aproximadamente a media tarde, en el comedor se encontraban el hijo del dueño y un amigo de éste, rodeados de lo que parecía una cantidad ridícula de alcohol para que la tomaran solo dos personas, por lo que ante su insistencia y debido a mi generoso carácter, decidí ayudarles en la ardua tarea de terminar con todo ese alcohol. Varias cajas de cerveza y algunas botellas de mezcal después, el amigo decidió retirarse, dejándonos con una caja de cerveza y una botella aún por terminar.

He de confesar que para cuando decidimos irnos a dormir ya estábamos completamente borrachos, lo que significó un esfuerzo enorme de mi parte para regresar a mi habitación. En éste punto es importante señalar que mi vecina había salido unas horas antes y aún no regresaba.

Prosiguiendo con la historia, yo me encontraba tumbado en mi cama, esperando que la habitación dejara de moverse para poder dormir, cuando mi compañero de copas comenzó a tocar fuertemente la puerta de mi vecina, reclamando sus “favores”, misma que por obvias razones no podía responder a su llamado. Pasado un rato, decidió ir a tocar a la habitación de su hermana para pedir su intervención en el asunto y que convenciera a la vecina de que dejara de hacerse la ausente y abriera la puerta de una vez.

La hermana, visiblemente más acostumbrada a las acciones de su hermano que yo, se limitó a poner el cerrojo, colocar música a un alto volumen e ignorar a su contrariado hermano. Pasado un rato mi escandaloso compañero de copas, decidió regresar a la puerta de la vecina y tratar de persuadirla, no sin hacer algunas pausas para ir a la cocina para servirse más alcohol.

Fue en una de éstas pausas en las que el sonido de vidrios rompiéndose me hizo decidir asomarme. Haciendo un esfuerzo sobrehumano para vencer una borrachera que difícilmente me dejaba estar de pie, conseguí levantarme y llegar a la ventana para descubrir dos cosas: primera, el sonido fue producido por un vaso que se le cayó junto a la puerta de la vecina; la segunda y aterradora cosa que descubrí fue que mi compañero de copas estaba completamente desnudo, en lo que parecía un intento de ahorrar tiempo cuando la vecina ausente por fin decidiera abrirle.

Con ésta perturbadora imagen, decidí que lo mejor que podía hacer era volver a dormir e ignorar a ese ruidoso sujeto. No se cuanto tiempo pasó, pero un desgarrador grito me sacó nuevamente de mi letargo alcohólico. Dudé en volver a asomarme, cuando escuche a mi compañero llamar de forma lastimosa a su hermana pidiendo ayuda. Aún decidí esperar un poco, con la vana ilusión de que la hermana decidiera salir a socorrerlo.

Viendo que pasaban los minutos y la hermana no salía, decidí asomarme nuevamente, no sin un nuevo esfuerzo, para descubrir que mi exhibicionista amigo estaba tirado en el suelo, sobre un charco de sangre, que parecía salir de uno de sus  pies. A pesar de mi estado… ¿Ahora que? ¿Las llaves? Ten paciencia, ya llegaremos a esa parte de la historia…

Decidí salir a auxiliar a mi compañero herido, aunque en mi estado lo único que se me ocurrió fue sentarlo de forma que el pie, que sangraba profusamente, quedara elevado, y usar una bufanda para que se aplicara presión sobre la herida.

Lo siguiente que atiné a hacer fue casi tumbar la puerta de la hermana, seguro de que la presencia de dos personas que  no estuvieran borrachas seria de gran ayuda. Lo que no me esperaba es que al ver la sangre se quedaran paralizados.

A pesar de la niebla de alcohol que nublaba mi mente, traté de analizar la situación, lo primero, hacer que el cuñado ayudara a detener la hemorragia, después tratar de averiguar la seriedad de la herida, un borde filoso de entre cinco y diez centímetros de largo que quedo adherido a la base del vaso roto parecía ser el culpable, lo que dejaba la posibilidad de que la herida fuera profunda, me esforcé por pensar. Sí, llamar a una ambulancia, la hermana seguía en shock por lo que  no fue de gran utilidad, marqué yo el número de emergencia, esperando sonar lo bastante coherente para que me tomaran en serio, resultó y mandaron la ambulancia.

Ahora, como la casa estaba en una bifurcación, mandé a la hermana afuera para esperar la ambulancia, de modo que no se perdiera y pudiéramos ahorrar algo de tiempo. Ésta llego, se llevaron a mi exhibicionista compañero caído y la pareja se fue con él, ahora sí, me dije, a dormir, pero resulta que con la prisa nos habíamos olvidado del niño, que se levantó y buscaba a sus padres.

Lo tranquilicé y decidí que nos quedáramos en un sillón de la sala, esperando el regreso de los padres, el niño se volvió a dormir rápidamente y a mi el sopor del alcohol me volvía a invadir poco a poco. Entonces, finalmente llegó la desaparecida vecina, que al principio no se percató de nada, entró a su habitación, acostó a su bebé y volvió a salir, fue cuando se percato del enorme charco de sangre que estaba a un lado de su puerta. También quedó en estado de shock, intenté explicarle lo ocurrido, pero al parecer entendió mal, o seguía muy borracho y enrede todo, porque comenzó a gritar que todo era por su culpa y salió corriendo a la cocina por un cuchillo para terminar con su existencia, fui tras ella y logré detenerla cuando hacía el primer corte en su muñeca, que no fue grave, pero en el forcejeo por quitarle el cuchillo, terminé siendo yo el que recibió los cortes.

Finalmente, salio corriendo a la calle, la perseguí un par de cuadras hasta la casa de uno de sus amigos, donde al parecer había pasado la tarde, llamó a gritos al amigo hasta que una señora abrió la puerta, ella entró corriendo y se negó a regresar.

Me limité a explicarle la situación a la señora de la forma más amable posible, y a pedirle que le echara un ojo en lo que se calmaba.

Caminé lentamente de regreso a casa, sorprendido de que los efectos del alcohol siguieran presentes, ya que no podía enfocar el camino con toda claridad.

Cuando finalmente llegue a la casa… Ahora si: ¡Chan cha cha chan!… descubrí que había olvidado las llaves, y junto con las llaves a los dos niños.

Me senté a meditar mi situación, mientras la bruma del alcohol volvía a robarme la conciencia. Lo siguiente que recuerdo con claridad es que ya estaba adentro, por lo que decidí llevar al niño que dormía placidamente en el sillón al cuarto de la vecina, donde yo también me instale cómodamente, a la espera de que alguien regresara y se hiciera cargo de los niños.

Algunas horas después regresó la vecina, que me corrió de forma muy poco amable de su habitación, me dirigí a la mía y dormí hasta que el sol estaba bien alto.

Una vez despierto y en uso de mis facultades mentales, me di a la tarea de resolver el misterio de cómo pude volver a entrar en la casa. El muro exterior tenía posiblemente tres o cuatro metros de alto, y no encontré la forma de escalarlo, salvo por un poste de luz, pero nunca se me dio bien escalar postes, ni siquiera en mis cinco sentidos. También había un autobús escolar frente a la casa de los vecinos, pero significaba haber dado un salto de unos tres metros de largo desde el autobús a la pared y tampoco se me ocurría como pude haberme subido al techo del autobús. Después de mucho pensar, llegue a la conclusión de que este seria uno de los misterios sin resolver de mi vida…

Como puedes ver, perder las llaves sí puede ser todo un acontecimiento, y aún cuando en ésta historia el olvido de las llaves no sea el protagonista; si se da en circunstancias sorprendentemente absurdas, además de que ayudó a despertar en mí habilidades ninjas hasta ahora insospechadas.

Y la próxima vez que pierdas u olvides tus llaves, sonríe y da gracias de que al menos no te pasó todo lo que a mi.

 

Las llaves (segunda versión)

Rentaba un lugar que me recomendó un amigo en donde vivían el hijo del casero, la hija del casero con su esposo y bebé, otra vecina con su bebé también y yo. El hijo se llevaba bien conmigo mientras tenía sus queveres con la vecina.

Un día, la vecina salió y llegó un amigo del hijo invitándome a ingerir bebidas alcohólicas, entre los tres bebimos un cartón y medio de caguamas y dos litros de mezcal. Después el amigo se fue y el hijo y yo bebimos otro litro de mezcal quedando por supuesto en un estado etílico bastante considerable.

La hija llegó a casa y se encerró en su cuarto con marido e hijo, yo me fui a acostar sin poder más conmigo y el hijo decidió que podía seguir bebiendo y se quedó ahí. Como es lógico comenzó a rondar el cuarto de la vecina y a tocar la puerta pidiéndole que saliera y no se pusiera rejega. Tomando otra inteligente decisión se despojó de su ropa para evitar que le ganaran las prisas y siguió intentando que la vecina (ausente) abriera la puerta.

En el ir y venir se le cayó el vaso y se rompió, él hizo caso omiso y la hija sencillamente había decidido ignorar a su querido hermano quien al parecer también había ido a tocar a su puerta. De pronto, se escuchó un grito desgarrador, quejidos y sollozos.

Haciendo un enorme despliegue de mi fuerza de voluntad y autocontrol, digno de un monje de alto rango de un templo shaolin, logré ponerme de pie y asomarme a la ventana. Una vez que pude enfocar mi vista pude ver a mi vecino tirado y todo el patio lleno de sangre. Resultó que la base del vaso se rompió creando un pico de aproximadamente siete centímetros y él, estando descalzo lo pisó.

Nadie reaccionaba a sus gritos, de algún lugar del fondo de mi ser logré sacar la voluntad para superar mi letargo alcohólico y fui a tocar al cuarto de la hija hasta que saliera. Pensé que haciendo esto ellos se encargarían, poco me duró el gusto pues en cuanto ella vio la sangre se privó.

Puse en orden mis ideas y recordé lo que pude sobre primeros auxilios, conseguí que el cuñado le pusiera la pierna sobre una silla e hiciera presión en la herida; llamé a una ambulancia a hice que la hermana saliera a esperarla.

Llegó la ambulancia y se lo llevó, entonces descubrimos que habían dejado al niño en mi cuarto. Llegó la vecina (parece que su estado era parecido al mío), vio la sangre y se puso histérica. Dejó a su bebé en la cuna y sacó un cuchillo queriendo cortarse las venas. Yo tratando de detenerla terminé cortado, ella salió corriendo, salí tras ella, se fue a casa de una vecina; al parecer tenía sus queveres con el hijo de la vecina también y temía que la hubieran descubierto y que lo que pasó fue su culpa, pues la sangre estaba frente a su puerta.

Una vez que me cercioré que todo estaba bien, regresé y… no traía llaves.
Estaba tan borracho que no recuerdo cómo entré, parece ser que salté la barda, una barda casi imposible de saltar.

Una mancha borrosa en el cuento y vuelvo a aparecer dentro con dos niños. Llevé a uno de ellos al cuarto de la hija (para no sacar al bebé de su cuna) y me quedé dormido en su cama. Más tarde llegó y me corrió de su cuarto muy ofendida. Por fin pude ir a dormir y desperté con una cruda horrible.

Ésta es la historia de cómo me convertí en niñera, salvé dos vidas, perdí mis llaves, salté una cerca que ni Carl Lewis en sus mejores días y me gané la enemistad de mi vecina por meterme a su cuarto. Todo en una noche.

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