El otro día estuve platicando con una amiga de la prepa, la conversación giraba sobre cuando nacería su niño, que ya es la cuarta de la generación en ser madre, si conozco a los otros dos (porque mi hermano fue el pionero), y todas esas cosas que se platican cuando una amiga está en la dulce espera de un ser pequeño que algún día le dirá mamá.

Por supuesto, nunca faltan las preguntas de “¿Y tú para cuando?” o “¿Tú quieres tener hijos?”, acordes a la ocasión, pero todo ésto y últimamente los recientes nacimientos y embarazos de amigos y familiares, me han hecho darme cuenta de que ya llegué a esa edad…

Es una edad en la que las razones para no ir a una fiesta dejan de ser “Porque mi papá no me dio permiso”, “Es que tengo examen mañana”, “No me prestaron el carro”, “Mi mamá no puede pasar por mí”, “Tengo mucha tarea” y demás variantes, para convertirse en “Mañana tengo trabajo”, “Tengo que entregar un informe para el jueves y no he hecho nada”, “Mi carro se descompuso”, “No me han pagado en el trabajo”, “No tengo con quien dejar al niño”, “Mi esposo (o esposa) no ha llegado y trae el carro”…

Por consiguiente, tus parejas anteriores comienzan a tener hijos, tus primas, amigos, compañeros, tu ambiente está lleno de pañales y fotos de bebés durmiendo pacíficamente. De los veinte bebés que conoces, por lo menos seis te dicen o te dirán tía aunque sean de tus amigos. O como mis amigos y yo decimos, somos Cedartíos.

El ambiente social te empuja con esas preguntas de expectativa pues o les gustaría que compartieras el sentimiento de ser madre con ellas, desean que les des un primo o prima para sus hijos, quieren un sobrino porque por alguna razón no tendrán hijos o simplemente porque ya te toca y no te estás haciendo muy joven que digamos.

La edad en la que, como dice mi padre, las mujeres comenzamos a mover las manos como si tejieramos chambritas y no sabemos por qué… bueno, yo si sé. La edad en la que vemos bebés en la calle, en la tele, en una revista y hacemos el clásico “Aaaaah, mira que bonitoooo”. En donde ya sabes cómo se van a llamar tus hijos o te imaginas jugando con ellos en el parque, cuando dices cosas como “Yo nunca los voy a vestir de marineritos” o “¡Ay!, mis hijos se van a vestir hippies como yo” y de ahí, cualquier comentario referente a bebés, tus hijos, tus sobrinos.

Incluso, cuando te toca cuidar a alguno de ellos, te imaginas por un momento que es tuyo para ver qué se siente, si en la calle te hacen comentarios sobre qué bonito está o que se parece a ti, no lo evitas ni corriges a la persona, al contrario, disfrutas que por un momento te hagan sentir que eres madre o padre.

Es la edad en que tus más básicos instintos están a flor de piel, en que si toda tu vida dijiste que no querías tener hijos, comienzas a arrepentirte, y si dijiste que si querías tenerlos, el sentimiento se vuelve más fuerte. No es una edad en años, es una edad en madurez, en el ambiente, en lo que haces y los compromisos que decides tomar o que te toman a ti. Una hermosa edad en que los planes de tu vida ya no son pasar el rato con los amigos o ver qué fiesta habrá el sábado… comienzas a estructurar tu partida de casa, tus planes de vida, que no será fácil pero sin duda plantea ser altamente emocionante.

Sientes que tan solo fue ayer cuando todos eramos adolescentes y vivíamos al límite con las aventuras en la escuela o al salir de ella, cuando nos escapábamos a fiestas y llegábamos un poco más tarde a casa, pensando que nada importaría si nos quedábamos media hora más porque la música era genial. Y ahora al ir a fiestas te quedas pasmado pues no conoces esa canción y cuando si la conoces el comentario de los jóvenes es “¡Ay!, pero si esa es ruquísima” y te recuerdas cantándola en la borrachera con los compañeros de la prepa.

La vida sigue, aunque a veces quisieramos volver a esos años en que, como dijera Fernando Delgadillo sobre las pompas de jabón, “De niño corría tras de ellas para probar sus sabor para atrapar los colores que no son mas que ilusiones”. Ahora, podemos hacerlo a través de los ojos de esos niños, nuestros sobrinos, alumnos, ahijados y nuestros hijos, pues como dijera Ezequiel de la Parra, “Los niños, saben más de tantas cosas, que se nos fueron olvidando, que se nos quedaron dormidas, los niños, para perdonar nuestra ignorancia, nos regalan, besos de caramelo”.

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