Debido a que la UAM se rebeló y sus puentes se acoplan a los días festivos y no a los fines de semana, el pollo y yo decidimos hacer puente una semana después. El plan: Ir a un conocido balneario en Yautepec, Morelos. Nadar el viernes en el parque acuático; acampar la noche de viernes para sábado. Nadar el domingo en las albercas del centro vacacional.

Así pues, una vez que el pollo llegó a la eterna primavera y habiéndonos abastecido de coca-cola, agua y cigarros, nos dedicamos a investigar la forma de llegar. Las indicaciones obtenidas en la semana fueron:

Profe del pollo.- Salen ahí en los caballitos

Internet.- Salen en Plan de Ayala

Queridos lectores, los camiones salen en el paradero del mercado Adolfo López Mateos, pasan por la glorieta de los caballitos y siguen por Plan de Ayala.

Nos dirigimos entonces al sujeto afuera del camión que nos indicaron era “Rojo con una estrellota”.

Pollo.- ¿Para ir a Oaxtepec?

Sujeto.- Ah, yo los dejo a dos cuadras y les cobro veinte pesotes. El de atrás los deja en la entrada pero les cobra treinta y cinco.

Fherchosa.- Pues nos vamos en éste, creo que si se llegar.

El viaje

Subimos al camión con nuestras maletas, cara de felicidad y expectativa ante las horas de agua clorada próximas a venir. Un viaje tranquilo por Plan de Ayala, la glorieta de La luna, el IMSS, Civac, Juitepec y adentrándonos en Yautepec el sujeto nos llama y dice:

Sujeto.- Ahorita los voy a pasar a otro carro, él los va a llevar hasta la puerta. Ya no les va a cobrar nada.

Fherchosa.- Ah, muchas gracias.

Pollo.- ¿Cómo? ¿A qué carro?

Sujeto.- Si, ahorita les digo cuál, él los lleva ya.

Nos bajamos, cambiamos de camión y un amable señor que llevaba muchas cubetas e iba hasta Cuautla, nos indicó que en la parte de atrás podríamos encontrar asientos. Más emocionados aún ante la proximidad del lugar y por consiguiente nuestras breves vacaciones, nos sentamos ansiosos esperando encontrar pronto en el horizonte, la entrada al balneario.

El camión se fue, lo que a mi me gusta llamar “puebleando”, por algún lugar que no conozco pero me recordó a momentos Oaxaca y a momentos Tepotzotlan. Al intentar dar una vuelta por una calle pequeña, semejante camión no pudo, se movió en reversa y un individuo de camioneta amarilla insistía en adelantarse y escabullirse detrás del camión, el policía de tránsito, con su casco y botas no dijo nada. Logramos dar la vuelta sin mayor problema y seguimos avanzando.

Un camino que se fue haciendo eterno, de pronto saltaban a la vista las señales de que estábamos cerca, o que íbamos por buen camino. Más adentrados en una pequeña carretera de dos carriles, el chofer se detiene, se baja y desaparece. Pasados cinco minutos los pasajeros comenzamos a impacientarnos; con los trajes de baño debajo de la ropa, las sandalias, las bermudas y la toalla perfectamente localizada en la maleta para simplemente sacarla y saltar a la alberca (claro, dejando la toalla en el pasto).

La investigación comenzó moviendo las cortinas para intentar adivinar lo que ocurría en el exterior, algunos sacaron la cabeza por las ventanas y al cabo de diez minutos hubo los que comenzaron a descender del camión, entre ellos, el pollo. Resultó ser que el individuo de la camioneta amarilla juraba que el camión lo había golpeado, dos policías de tránsito detuvieron al chofer para realizar las acciones propias del caso.

Quince minutos pasaron y los pasajeros se dividieron de la siguiente forma:

1- Los señores enojados con el chofer que pedían, desde la ventana,  les devolviera su pasaje.
2- Los señores enojados con el individuo de la camioneta y le gritaban groserías por la ventana.
3- Las señoras que analizaron a fondo el golpe, concluyeron que no había sido el camión y lo alegaban con el chofer, el individuo, el policía y entre ellas.
4- Aquellos que desquitaban su frustración arremetiendo con quien se les pusiera enfrente.
5- Hombres y mujeres que simplemente se bajaron del camión para solucionar algo, ya sea subir a otro camión o pedir aventón.
6- Quienes se quedaron adentro del camión sin saber qué hacer y observando por las ventanas.

Yo formaba parte del sexto grupo, el pollo, del tercero. Tras muchas opiniones y pocas soluciones, el pollo fue instruido por las señoras para que, en caso de ser necesario, tomáramos una combi que nos llevaría a nuestro destino; no fue necesario, otro camión llegó a rescatarnos, y era, ni más ni menos, que el primer camión que habíamos tomado.

Lo abordamos con un poco de desilusión pues nos dejaría a “dos cuadras”. El señor de las cubetas y otra mujer con sus bultos nos dieron las indicaciones adecuadas.

Pollo.- ¿Éste nos lleva hasta Oaxtepec?

Señor de las cubetas.- No, éste los deja cerca.

Señora de los bultos.- Se tienen que bajar en Cocoyoc, ahí toman otro camión que ya los lleva.

Señor de las cubetas.- Es uno más chico pero si caben.

Fherchosa.- Ah ok, muchas gracias.

Señor de las cubetas.- Ahí pasan seguido.

Señora de los bultos.- ¿Van al mero balneario?

Pollo y Fherchosa.- Sí.

Señor y señora.- Ah, sí, ahí pasa. Sí, los deja ya en la entrada.

Pollo y Fherchosa.- Gracias.

Viaje cada vez más eterno, las mochilas en la espalda comenzaban a molestar y las señales seguían diciendo lo mismo hasta que comencé a reconocer el lugar. La señora de los bultos y el señor de las cubetas nos dijeron que ya era momento de bajarnos y que cruzando la calle tomáramos el otro transporte. Bajamos, vimos “la combi esa azul”, la abordamos con pocas dificultades y la tranquilidad de que llegaríamos en menos de cinco minutos. La puerta del balneario estaba ahí, tan bella, con sus arcos de colores y cloro en el aire.

La instalación

Con cara de Estadounidenses, maletas adecuadas al look y una enorme sonrisa fuimos a la oficina de registro para el campamento. Dos sujetos que denotaban una terrible aburrición nos atendieron, nos cobraron, nos dieron indicaciones y nuestros boletos. Caminamos hacia el “arco morado”, entramos y nos sentamos a esperar al transporte interno.

Hombre en la entrada.- Ahí toman el transporte, con suerte los lleva hasta el campamento.

Aunque extrañados ante el comentario, nada importaba ya, estábamos aproximadamente a treinta minutos de remojarnos en caldo de chilango.

El transporte llegó, nos llevó a través del centro vacacional y finalmente nos dejó a la entrada del área de campamentos. Tuvimos que caminar un poco más para llegar a la oficina de “asignación de pasto”. Una vez con nuestras lujosísimas pulseras amarillas, nuestro finísimo cartón con masking tape para la tienda de campaña y nuestras cosas, nos dispusimos a la instalación.

La tienda fue sencilla, después de que hermano pollo nos enseñó cómo armarla no hubo complicaciones. El colchón inflable por su parte definía un reto para pulmones y diafragma. (Cabe aclarar que cuando fue desinflado para el viaje, contenía aliento de amigo fherchoso tras muchas cervezas y mucho mucho sushi).

Tras hiper ventilarnos, dejar la pleura dentro del colchón y no haber conseguido mucho, el pollo descubrió a la distancia unas bombas para filtrar agua, las cuales sacaban aire (o movían aire con mucho ímpetu). Colchón al hombro fuimos a encontrar el lugar preciso donde el aire nos permitiera inflarlo. Un tornillo nos ayudó a dirigir el aire adecuadamente y la misión fue exitosa, a pesar de mis dudas.

Nuestro refugio temporal estaba listo, nos dispusimos a hacer la comida (sándwiches de jamón, con mayonesa y mostaza). Las pequeñas palapas nos cubrieron del sol mientras esto ocurrió. Llegó entonces el momento de sacar las toallas y correr hacia el parque acuático.

Odisea acuática de viernes

Debido a que el transporte escaseaba, utilizamos nuestros bellos pies para llegar a la entrada del parque acuático para los huéspedes. Una señorita nos dijo que ese día no estaba disponible ese acceso y que teníamos que ir hasta la entrada principal. Lo hicimos, llegamos y al pedir nuestros boletos, el taquillero nos indicó que solamente estaba abierta la parte central (aproximadamente 6 albercas) y nos recomendó acudir al día siguiente pues solo tendríamos tres horas para estar ahí. Tomamos la recomendación del taquillero y decididos a encontrar una nueva alberca tomamos nuevamente el transporte interno.

Pollo.- ¿Oiga, usted nos lleva a las albercas?

Chofer del transporte.- Sí, ¿a cuál quieren ir?

Pollo.- ¿Cuáles nos recomienda?

Chofer del transporte.- Pues hay tres áreas de albercas, les indico dónde están y ya deciden.

Pollo.- Ah, va, va. Gracias.

Una familia de procedencia evidente de la capital nos acompañaba. Se bajaron en algún lugar donde se registrarían y el chofer del transporte nos dijo que cruzando había dos albercas de 1.50mts con su respectivo chapoteadero…  nos convenció y nos bajamos.

He de confesar que aunque no soy muy buena nadando, debido a muchos traumas infantiles, me encanta “nadar”. El momento de entrar a una cubeta gigante de agua helada me cuesta trabajo, mojarse en las regaderas resultó ser buena solución. Nadamos un rato y después nos dispusimos a tomar el sol mientras bebíamos una michelada. Platicamos de la vida, de papá pollo, mamá pollo, papá fherchoso, mamá fherchosa, hermanos pollos, hermanos fherchosos y demás cuestiones de nuestras vidas. Intentamos entrar de nuevo a la alberca pero el frío era demasiado, no como cuando somos niños que pueden más las horas de diversión que lo frío del agua.

Un poco ansiosos por seguir nadando optamos por la opción de agua un poco menos fría, aguas sulfurosas. Transporte interno nos llevó hasta la esfera geodésica, atravesamos entre árboles y patos hasta llegar a ese hermoso brote de agua. El agua caliente aprobó nuestro razonamiento y estuvimos ahí hasta que los moscos y mosquitas nos rondaban como zopilotes.

Salimos a buscar el siempre refrescante y energetizante regaderazo de agua calientita. Pollo entró y no tuvo mayores problemas pero yo, yo no logré comprender el funcionamiento de la regadera y me quedé con olor a huevo en la piel. Al salir, un pato con cara de malo nos persiguió hasta que logramos alejarnos a mayor velocidad con la que él nos seguía. Nuestros pies nos llevaron de nuevo al campamento.

La noche de viernes

Cambiamos los trajes mojados por ropa seca y calientita, tendimos de forma clásica, las toallas y trajes sobre la tienda y nos dispusimos a descansar escuchando un poco de música. Desafortunadamente estábamos a expensas del gusto musical del joven que ponía música para todos nosotros en los altavoces. Cuando el sol se ocultó completamente salimos cual vampiros a intentar recrear el milagro del fuego.

El pollo valiente y ligeramente frustrado por su último intento de fogata, se empeño en que, de cualquier forma, pudiéramos calentar agua para preparar nuestro café en polvo cortesía de mamá pollo. La primera tanda de agua ligeramente caliente resultó contaminada con cenizas, hubo que empezar de nuevo. Después de un largo rato yo me di por vencida y el pollo siguió peleándose con los trozos de carbón abandonados, las hojas de palmera, el periódico y un cartón con pintura que emitía una llama verdosa.

La segunda tanda de agua, poco más o menos caliente fue secuestrada por mí para hacer café mientras el pollo continuaba con su lucha primitiva. Mientras entrábamos en calor, hubo una tercera tanda de agua que conforme la fuimos tomando se calentó mejor gracias a la incansable batalla del pollo que logró al final, prender el carbón y cumplir con nuestras necesidades caloríficas.

En algún momento aparecieron dos gatos que nos rondaban, que si se encontraban se peleaban y uno de ellos se aproximaba de forma sospechosa a nuestra tienda. Para cuando volvimos a refugiarnos en nuestras cobijas térmicas y edredón, notamos que la bolsa del jamón estaba afuera y vacía, abrimos la tienda para descubrir que efectivamente, el gato había hecho gala de sus habilidades contorsionistas y había robado la bolsa del jamón; el pan seguía dentro y a salvo. Nos dispusimos a dormir.

Hacia la madrugada enfrió demasiado pero nuestras cobijas nos mantuvieron a salvo y pudimos amanecer normalmente aunque con el cabello sumamente esponjado y rizado.

De toboganes y sol. Crónica de sábado.

Una vez acicalados, con trajes, toallas y ropas secas, emprendimos la tarea de desarmar la tienda y guardar todo de nuevo en la mochila. Llegaban nuevos vecinos con los cuales no tendríamos la “alegría” de pernoctar. Una pareja mayor se peleó aproximadamente una hora con su tienda de campaña, otra familia de capitalinos, estilo familia Burrón se instalaba con bombo y platillo, sacando de sus autos una cantidad de artículos impresionante.

Cuando todo estaba listo y empacado, descubrimos que el gato, en la madrugada, hizo de las suyas y nos robó la rebanada de pan sobreviviente. Un poco de risas y nos fuimos al parque acuático, de nuevo a pie. Pudimos acceder por la entrada de huéspedes y frente a nosotros teníamos toneladas de agua clorada. Comenzamos dejando las cosas en una palapa y después sumergiéndonos en una alberca que daba vueltas. Luego de eso, el pollo, con su clavado al estilo Michael Phelps, entró a otra alberca.

Un tobogán nos miraba en la cercanía, yo nunca me había deslizado en uno así que estaba temerosa de atorarme como Homero Simpson, opté por el abierto. El agua estaba helada, ¡helada!, poco podía hacer así que me aventuré, en el viaje me detuve involuntariamente, en total cuatro veces; esto ocasionaba que el agua cayera en mi espalda y me enfriara más. Logré llegar a sumergirme en agua más fría aún. Después de mi se lanzó el pollo.

Emprendimos la búsqueda de otro grupo de albercas, llegamos a otras con pasamanos y colchones flotantes con cadenas hacia el fondo de la alberca, ahí jugamos cual concursantes del Juego de la Oca hasta que nos cansamos. El pollo fue a buscar algo un poco más aventurado, regresó por mi y llegamos a “La zona azul”. Un sujeto nos “revisó” para que no metiéramos comida. Nunca encontró mis tostadas y latas de atún o los paquetes de mayonesa y mostaza que le sobrevivieron al gato ladrón.

La monumental alberca de olas, con un ambiente humano estilo Acapulco, agua más o menos fría en la cual nos adentramos hasta llegar a lo más hondo. En ese preciso momento se detuvieron las olas y ante mi grito de “¿¡Qué!?”, la respuesta del “guardavidas”:

Guardavidas.- En cinco minutos vuelve a empezar, son cinco minutos de descanso.

Señora gorda.- Ah, es que estaba muy emocionante.

Y así fue, cinco minutos pasaron y las olas volvieron, el frío de un sol que no terminaba de calentar y un aire que no lo dejaba nos obligó a salir un momento y comer unas bien merecidas banderillas. La mesera un tanto hostil no hizo más que gritarle al encargado de la freidora y me dio mi ticket. El sol comenzaba a ser menos hostil y banderilla en mano nuestra piel recibió Prana.

La aventura continuó hacia unas resbaladillas gigantes, en donde debíamos utilizar unas tablas de foam con dos agarraderas. Ahí me convertí en una niña de seis años y me subí una y otra y otra vez. El pollo quería probar otras cosas, fuimos a otro tobogán en donde se utilizaban llantas de un rosa asoleado bastante peculiar, una experiencia poco placentera he de decir. Mientras el pollo se volteó al llegar a la alberca, yo iba de espaldas a gran velocidad en un tobogán totalmente obscuro, abordamos entonces el río lento ahora en llantas amarillo no tan asoleado.

Después de un tranquilo paseo, salimos de la “zona azul” para comer un poco, descansar y beber cerveza. Un “guardavidas” que se quedaba dormido nos hizo compañía. Una estadounidense gorda nos mostraba su trasero y una familia capitalina danzaba en ropa interior a modo de “traje de baño”. La resbaladilla gigante era demasiada tentación para mí así que fuimos de nuevo pero siendo ya un poco tarde estaba fuera de funcionamiento.

Regresamos entonces a la alberca inicial a donde fui empujada por el pollo para ahorrar tiempo de mi terror a entrar. Luego estuvimos en la alberca que daba vueltas hasta que nos cansamos, el sol había hecho demasiados estragos. Fue entonces momento de emprender el viaje de regreso, una parada en los vestidores que de nuevo, no tenían agua caliente y estuvimos listos para regresar a la eterna primavera.

El regreso

Poco antes de tomar el camión una señora y el que supongo era su hijo, nos ofrecieron hospedaje sin notar que ya no nos quedaríamos otro día. En la Terminal el buen hombre de la taquilla nos dio indicaciones para regresar con bien puesto que la pizarra decía la ruta más no el destino final.

Dormimos casi todo el viaje, dos casetas y una carretera después llegamos al centro en donde tomamos una Ruta 5 que nos llevaría a la entrada secreta de mi calle. Ya en casa, descargamos todo, después de las salutaciones adecuadas el pollo siguió su camino hacia la Terminal, después el metro, el camión y finalmente el hogar dulce hogar.

Así fue como éste par de locos vivieron su puente en fin de semana de no puente. Con pocas heridas en rodillas, espalda y codos, nada que lamentar, les relato ésta historia de las crónicas de fhercha.

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